DEL BAJO IMPERIO A LA ALTA EDAD MEDIA

 

Una tradición muy arraigada coloca en el siglo V el comienzo de la Edad Media. Como todas las cesuras que se introducen en el curso de la vida histórica, adolece éste de inconvenientes graves, pues el proceso que provoca la decisiva mutación destinada a transformar de raíz la fisonomía de la Europa occidental comienza mucho antes y se prolonga después, y resulta arbitrario y falso fijarlo con excesiva precisión en el tiempo.

Se ha discutido largamente si, por lo demás, hay en efecto una cesura que separe la historia del Imperio romano de la historia de la Europa medieval. Quienes asignan una significación decisiva a los pueblos germánicos tienden a responder afirmativamente, sobrestimando sin duda la importancia de las invasiones.

Quienes, por el contrario, consideran más importante la tradición romana y perciben sus huellas en la historia de la temprana Edad Media, contestan negativamente  y disminuyen la trascendencia de las invasiones.

En cierto modo, esta última opinión parece hoy más fundada que la anterior y conduce a una reconsideración del proceso que lleva desde el bajo Imperio hasta la temprana Edad Media, etapas en las que parecen hallarse las fases sucesivas de la transformación que luego se ofrecería con precisos caracteres.

Pues, ciertamente, el contraste es muy grande si se comparan el Imperio de la época de Augusto o aun de Adriano con la Europa de Alfonso el Sabio o la de San Luis; pero resulta harto menos evidente si se consideran las épocas de Constantino y Carlomagno, y menos todavía si aproximamos aún más las fechas de los términos de comparación.




De modo que parece justificado el criterio de entrar en la Edad Media no por la puerta falsa de la supuesta catástrofe producida por las invasiones, sino por los múltiples senderos que conducen a ella desde el bajo Imperio.

El bajo Imperio corresponde a la época que sigue a la larga y profunda crisis del siglo III, en la que tanto la estructura como las tradiciones esenciales de la romanidad sufren una aguda y decisiva convulsión.

Si el siglo II había marcado el punto más alto del esplendor romano, con los Antoninos, el gobierno de Cómodo (180-192) precipitó el desencadenamiento de todas las fuerzas que socavaban el edificio imperial. Tras el se inició la dinastía de los Severos, cuyos representantes trajeron a Roma el resentimiento de las provincias antaño sometidas y con él la voluntad de quebrar el predominio de sus tradiciones para suplantarlas por las del África o Siria.

Desde entonces, y más que nunca, la fuerza militar fue el apoyo suficiente y necesario del poder político, que los ejércitos regionales empezaron a otorgar con absoluta irresponsabilidad a sus jefes. Roma perdió gradualmente su autoridad como cabeza del imperio, y en cambio, las provincias que triunfaban elevando al trono a uno de los suyos adquirían una preeminencia incontestable. Este fenómeno tuvo consecuencias inmensas.


José Luis Romero: LA EDAD MEDIA  

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