BORGES Y FERVOR DE BUENOS AIRES
Lo dejamos a Borges comunicándome cómo había gustado de un día campero en los pagos de Ricardo Güiraldes. Lo criollo sustancial ha sido una sempiterna preferencia suya. En sus libros más abstrusos siempre lo preocuparon Ascasubi, Estanislao del Campo, José Hernández.
Ha podido ejercer el fascinante mecanismo de su talento en ejercicios acerca de la teología protestante, los sueños idealistas de Berkeley, la duración del infierno, el origen de la concepción moderna de la eternidad (que atribuye al obispo Ireneo, incómodo porque pudiera sospecharse la menor prelación en la gran hipóstasis del Padre, el Hijo y el Espíritu Santi); pero jamás ha dejado a un lado los temas nuestros, desde la fundación mitológica de Buenos Aires, a la muerte de Facundo Quiroga, al mazo de naipes batiéndose en el truco, a las tres vidas de la milonga, a Carriego, a un pobre muerto velado en una sencilla calle del Sur porteño, a las inscripciones a veces muy misteriosas de los carros que vio pasar, rayando con su antiguo rodar el silencio lírico de los amaneceres, en un tiempo ya desvanecido de nuestro Buenos Aires.
La permanencia larga en Europa le dio a Borges perspectiva de los tiempos que había vivido en su ciudad natal. Una intensa nostalgia lo hizo regresar particularmente a los lugares que habían sido su patio grande de la infancia.
Un poco extranjero, podía experimentar lo que señaló Julián Marías en su artículo titulado "Por qué me gusta la Argentina":
"Me ha parecido siempre un país con una realidad espléndida, con rasgos que no se encuentran casi en ningún otro lugar, y, desde mi primer viaje, sus calidades se han intensificado y depurado".
Para seguir al pensador español, podemos afirmar que Borges tenía esa extraña disponibilidad del argentino, su capacidad de enterarse, de estimar, de admirar; que es una persona que está deseando que le den motivos, siquiera pretextos, para desplegar esas actividades vitales.
La fiebre de PRISMA (la revista mural), la de las dos PROA y de MARTÍN FIERRO, se hacen FERVOR DE BUENOS AIRES, el libro que con dinero suministrado por su padre publica en 1923, en la hoy tan codiciada edición de 300 ejemplares que él no conseguía agotar, a pesar de regalarlo generosamente, o dejarlo, en forma subrepticia, por intermedio de uno de sus directores, en los bolsillos de los concurrentes a las tertulias de la revista NOSOTROS.
Cuando un entrevistador le dijo a Borges, en los Estados Unidos, que la mayoría de la gente vive y muere, según parece, sin haber pensado nunca en los problemas del tiempo, el espacio y el infinito, el autor de EL ORO DE LOS TIGRES contestó:
"Porque dan al universo, a ellos mismos, como algo consabido. No se asombran de nada. No piensan que es extraño que estén vivos".
Pudo añadir que tampoco pensaban en los lugares en que vivían. Borges estaba con una especie de deslumbramiento frente a esos lugares. La pasión siempre es excesiva, y así pudo decir a Richard Burgin que en EL HOMBRE DE LA ESQUINA ROSADA recargó el color local. Pero cuando confiesa que lo mejor en materia narrativa que ha escrito, las cinco páginas de LA INTRUSA, añade que allí se siente algo que no llamaría color local, pero sí que todo sucede en las calles del suburbios de Buenos Aires, hace unos 50 o 60 años.
Con insistencia, como les sucede a todos los grandes creadores, bebe, una y otra vez, del agua de la infancia o de los cuentos que en la infancia oyó contar a su pariente Melián Lafinur y a su vecino Evaristo Carriego.
La misma zona que una de esas frecuentes deformaciones que opera el lenguaje del pueblo transformó en CHACARITA, cuando Buenos Aires, durante la peste de fiebre amarilla de 1871, tuvo que abrir allí un cementerio supletorio, que también había de inspirarle a Borges un memorable poema.
En 8 días Borges escribió LAS RUINAS CIRCULARES. En ese momento tenía un empleo insignificante en una Biblioteca Popular, en una calle gris y sin carácter.
"Tenía que ir allí todos los días y trabajar 6 horas", nos cuenta, "y luego, algunas veces, me veía con amigos, íbamos a ver un filme, comía con alguien; pero todo el tiempo sentía que eso era irreal. Lo que realmente estaba cerca de mí era el cuento que estaba escribiendo. Es la única vez en mi vida que he tenido ese sentimiento. Por eso, esa historia significa algo para mí".
Pone énfasis Borges en lo que significaría uno de los pocos momentos en que se había evadido totalmente de su ciudad y de su infancia. Pero esto no es totalmente exacto. El cuento lleva un epígrafe de A TRAVÉS DEL ESPEJO, de Lewis Carroll. Los libros de Alicia fueron una de sus lecturas preferidas cuando comenzaba a bucear ávidamente en la biblioteca especialmente inglesa de su padre y su abuela Haslam.
Ulyses Petit de Murat: BORGES. BUENOS AIRES
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