LAS FUERZAS DEL BIEN Y DEL MAL EN LA ANTIGUA GRECIA Y ORIENTE PRÓXIMO

 

El mundo griego, uno de los más importantes y una de las bases más fuertes de nuestra cultura occidental, difería en muchos aspectos del de Oriente Próximo y del pueblo judío, con los que había estado en estrecho contacto después del siglo VII a. C.

Al comparar estos tres mundos, inmediatamente sorprende el hecho de cuán diferente es en cada uno de ellos la relación del problema del Bien y del Mal con el de la sensualidad.

En Mesopotamia como en Egipto, el Bien se consideraba como patrimonio esencial del hombre, mientras que el Mal caía sobre él impulsado por fuerzas malignas que, por todas partes y arbitrariamente, se hallan al acecho para sorprenderle, sin preguntarse si el hombre lo merecía, excepto en el caso de haberlo atraído hacia sí.

Para los israelitas el Bien no les correspondía, esencialmente a causa de la caída del hombre. Pero el Mal no tocaba al hombre si obedecía los mandamientos y las leyes de Dios, salvo en aquellos casos en los que Dios, por medio de su misteriosa justicia, castigaba a un justo con el Mal, directamente o mediante alguna fuerza intermedia del mismo Mal.




Pero éstos eran casos excepcionales. En todos los demás el Mal siempre atacaba allí donde existía conciencia de haber pecado.

Entre los pueblos de Mesopotamia y de Egipto la sensualidad y sus efectos sexuales se aceptan como pertenecientes a la naturaleza del hombre. El Mal puede también hacer uso de esta sensualidad y sus efectos para sorprender al hombre. La sensualidad no es problema moral para estos pueblos. Como tampoco lo son el hambre o la sed.

Entre los israelitas, por el contrario, la sensualidad y sus efectos pueden llegar a ser una de las causas esenciales de pecado. 

Entre los griegos no se encuentran fuerzas sobrehumanas del Mal. El problema del Bien y del Mal se reduce entre ellos a aceptar la felicidad o la desdicha que proceden principalmente de las divinidades, según a éstas les plazca. Y la sensualidad no es sólo una característica del hombre sino también de los dioses y diosas, quienes también están sujetos a la influencia de la voluptuosidad.

A causa de ello, la relación entre los antiguos griegos y sus deidades es tal que con mucha frecuencia, llegan a desaparecer los límites entre lo que es humano y lo que es divino.

Los dioses cohabitan con las mujeres y las diosas lo hacían con los hombres, el adulterio en el Olimpo es cosa que hace reír a los demás dioses y diosas, como se ha esbozado en forma tan viva en el octavo canto de la Odisea, historia de los amores de Ares y Afrodita, hermanastros del mismo padre, Zeus. Ella, casada con Hefestos, el dios cojo del fuego y de las fraguas.

Y aunque sea casi seguro el hecho de que esta historia fue añadida al original, probablemente algunos siglos después del nacimiento de la obra, es, por esta misma causa, más irónica que las demás escenas de la vida de los dioses en la ILÍADA y en la ODISEA, los dos libros base de casi toda la literatura griega y que, en cierto grado, remplazan a las escrituras religiosas de los pueblos del Próximo Oriente, Egipto e Israel, porque los escritos idénticos o paralelos a estas escrituras religiosas jamás fueron compuestos por los griegos. 

En estas dos obras, y con mucha frecuencia, el comportamiento de dioses y diosas tiene muy poco de divino, como tampoco lo hay en muchas de sus intervenciones en los asuntos humanos. Pues aquí no sólo se actúa con arbitrariedad sino que, en sus decisiones, los dioses y diosas se dejan arrastrar por sus discordias.

Una de las reglas esenciales de la vida en el Olimpo y en la tierra era que había que pagar un precio por cada falta que se cometía, en el caso de que se descubriera. Si la falta era muy grave quizá se pagaba con la muerte.

Pero las normas que regían los castigos eran, en muchos casos, diferentes a las de los pueblos del Próximo Oriente y entre los israelitas. 


Frederik Koning: SATÁN Y SUS DOMINIOS

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