LOS VALORES DEL CABALLERO MEDIEVAL

 Tres palabras: lealtad, valentía y prudencia. Resumen de los valores del mundo caballeresco.

LA LEALTAD

El caballero es ante todo un combatiente. La guerra es un deporte de equipo. El caballero debe ser, por tanto y ante todo, franco, recto y leal. 

En efecto, para acosar a un enemigo como se acosa a un ciervo en el bosque hay que poder contar con los compañeros de armas, estar seguro de que ninguno de ellos flaqueará, ni huirá en medio de la pelea, ni se irá por su lado a perseguir otra presa, ni dará media vuelta para huir, ni se pasará al otro campo.

El primer deber del caballero es, por tanto, cumplir con su palabra. Si rompe la palabra que ha jurado, acaba con su reputación. Le señalarán con el dedo, se retirará lleno de vergüenza; será expulsado de la compañía de los valientes.

En cualquier circunstancia habrá de mostrarse fiel hacia todos los hombres a los que está vinculado, sea por la sangre o por el juramento. La caballería es una fraternidad cuyos miembros se ayudan entre sí valientemente.

Aislado, cada caballero es un hombre peligroso. Armado de la cabeza a los pies, formado para la agresión, orgulloso de su independencia, no admite ser castigado como lo son los plebeyos, los súbditos del señorío. El único medio de contener a su turbulencia, su codicia, de impedirle hacer daño, de obligarle a cooperar al buen orden general es aprisionarlo en una red de obligaciones morales hacia su parentela, hacia sus camaradas de combate, hacia el señor al que ha prestado homenaje.

Hay que repetirle constantemente que el peor crimen es la felonía, la ruptura de los compromisos múltiples que lo encierran.

La paz se basa en la lealtad. Es la virtud caballeresca por excelencia. Todos los héroes de las epopeyas, todos los antepasados que se ponen como ejemplo saben resistir a sus malas inclinaciones, sacrificarse, ofrecer su vida a veces antes que traicionar.

Mediante la palabra "proeza" se designaba al conjunto de cualidades físicas y morales que hacen la valentía de un guerrero. Eran esas cualidades las que los muchachos se esforzaban por conseguir durante el largo aprendizaje que llevaban a cabo en la adolescencia.




En primer lugar estaba el vigor muscular, que permitía acercarse a las fabulosas hazañas atribuidas a Guillermo de Orange y a sus compañeros, a quienes los cantares de gesta describían montado en su caballo, con sangre hasta el pecho, partiendo en dos de un solo golpe de espada a un sarraceno desde el yelmo hasta la parte inferior de la cota de mallas.

Pero la fuerza de ánimo no era menos importante. El coraje del caballero que se lanzaba al galope contra las lanzas enemigas o partía para enfrentarse a los peligros misteriosos, más temibles aún, de la landa poblada de dragones, de hadas o de encantadores.

Los jóvenes sabían que tendrían que enfrentarse a la muerte con tanta firmeza como Roldán, que, como él, tal vez serían llamados a romper su espada, ya inútil, a fin de que no cayese en manos indignas, antes de rendir el alma, completamente solos y rodeados de cadáveres, encomendándola a Dios.


LA MESURA

Al lado de Roldán el Valiente estaba Oliveros el Prudente, y en la persona de Guillermo el Mariscal los amigos de Felipe Augusto celebraban el equilibrio entre valor y prudencia. Este segundo valor era el necesario complemento del primero. Sin él, el mundo de los caballeros se habría hundido en la violencia y el desorden. 

Por tanto, se enseñaba a los escuderos a reprimir los excesos de su cólera, de su envidia, del odio, de la codicia, a ser dueños de sí mismos en medio del fragor del combate, en conservar la mesura, en cómo hablar cuando le llegaba el turno, a ceder el paso a los mayores, a respetar las conveniencias.

La práctica del ajedrez era un ejercicio útil, de agilidad intelectual y de reflexión tranquila. El aprendizaje de la prudencia llevaba, por último, a cultivar las dos cualidades suplementarias cuyo ejemplo mostraban los héroes de leyenda a los futuros caballeros, la "largueza" y la "cortesía".

Aproximadamente hacia 1180, y sobre todo en las ciudades, el dinero circulaba cada vez más y era una revolución que alteraba el orden de las cosas. Los hombres de guerra consideraban escandaloso que los campesinos pudieran enriquecerse mediante el comercio y adquirir, gracias a las monedas acumuladas en sus cofres, más poder y crédito que ellos mismos a ojos del príncipe. Sentían amenazados sus privilegios. 

En el pasado, en un mundo rural donde las fortunas eran estables, su superioridad les parecía inquebrantable. Pero estaba quebrantada. El mundo de los caballeros se defendió. No rivalizando con los mercaderes, ahorrando como ellos dinero, sino al contrario, proclamando que el ahorro era despreciable, indigno del hombre bien nacido, enseñando a éste a no conservar nada en sus manos, a derrochar sin sentido. 

Así pues, el verdadero noble se reconocía por su largueza, por su prodigalidad. La moral del orden que formaban los caballeros imponía no sentir apego por las riquezas. En este punto coincidía con la moral de un orden distinto, con los monjes de Cîteaux (o Císter), que a finales del siglo XII tenía un éxito prodigioso.

Estos religiosos vivían pobres en su abadía solitaria. Seducidos por el ideal de renuncia, muchos caballeros iban a reunirse con ellos. Algunos llegaban a más en busca de mayor perfección, y se adentraban en los bosques para vivir allí como ermitaños.

Pero sin llegar tan lejos, los hombres de guerra que no abandonaban su oficio y seguían cabalgando por el mundo, se sentían obligados a desprenderse de las monedas de plata en cuanto caían en su bolso. Las daban y distribuían a su alrededor con alegría.


Georges Duby: EL SIGLO DE LOS CABALLEROS





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