LOS ARNULFOS Y LA CAÍDA DE LOS MEROVINGIOS

  

A los historiadores les fascina -viendo como ven, el final de la historia- el contraste de los miembros de la casa de Arnulfo, intendentes de palacio descendientes de Pipino de Landen y Arnulfo de Metz, adueñándose del poder real.

Pero los Arnulfos no pueden haber visto así las cosas. No pueden haber visto la progresiva degeneración de los merovingios, ni que el papado los ayudaría un día a cubrir su terrible falta de sangre real, mediante una fuente distinta de sacrosantidad. La dinastía no se formó a través de un movimiento ascendente.

Los Arnulfos debían su poderío a la tierra. Cultivaban ricas posesiones en las Ardenas y Brabante, dos de las cuales -Landen y Heristal- dieron su nombre a miembros de la familia. 

Es posible que hayan existido también otros grandes señores, "austrasios y neustrianos", con posesiones igualmente extensas; pero la posterioridad no se preocupó por su memoria. 




Los Arnulfos, sin embargo, nada extraordinario hacían cuando usaban sus florecientes fortunas para fundar comunidades religiosas dotándolas de bienes, como en Nivelles, St. Hubert y Andenne.

Allí las mujeres de la familia, como Gertrudis y Begga, podían pasar su vida cómodamente, y podían también almacenarse los tesoros y las hazañas de la familia.

El surgimiento de numerosas y pequeñas casas religiosas está vinculado con las fortunas de las familias aristocráticas. La memoria de tales fundadores y protectores fue reverenciada a través de los siglos.

En el caso de los Arnulfos, tales fundaciones estuvieron íntimamente relacionadas con las actividades de misioneros irlandeses y romanos. San Amando fue uno de los que trabajaron bajo la protección de dichos aristócratas.

El odio entre austrasios y neustrianos, y la ansiedad de cada uno para evitar el control del otro, es un rasgo de la vida franca más significativo que cualquier supuesta tentativa de sus grandes señores para disminuir el poder de sus reyes.

Entre ambos pueblos se extiende una faja de rica tierra fronteriza, particularmente en las cercanías de Reims, acerca de la cual se originaron las disputas. 

Los complicados odios de familia de los cincuenta años que siguieron a la muerte de Dagoberto, con los merovingios y los intendentes de palacio revoloteando por la escena en una aparente confusión, están en gran medida en relación con estas tierras, y con las pretensiones sobre ellas formuladas no por estados, ya que Neustria y Austrasia eran apenas eso, sino por familias e iglesias.

Un combate de importancia más que común fue la batalla de Tertry (cerca de San Quintin) donde, en el año 687, los austrasios, bajo Pipino II, vencieron a los neustrianos. Esta derrota y el eclipse de los intendentes neustrianos señalaron el fin efectivo del antiguo centro de poder merovingio y permitieron a los intendentes Arnulfos intervenir a voluntad en la política neustriana. Pero los reyes merovingios continuaron.


J. W. Wallace-Hadrill: EL OESTE BÁRBARO

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