DIARIO DE UN CANALLA - Mario Levrero

 

Lo primero que surge es la necesidad de confesar mi condición actual; después vendrá, tal vez, la historia de cómo llegué a ella.

Lo que debo confesar es que me he transformado en un canalla; que he abandonado por completo toda pretensión espiritual; que estoy dedicado a ganar dinero, trabajando en una oficina, cumpliendo un horario; que ahora estoy escribiendo esto porque tengo unas vacaciones.

Cierto que me hice un canalla como único recurso para sobrevivir, pero lo triste del caso es que me gusta lo que estoy haciendo, y que sólo me cuestiono en ratos perdidos y sin mayor énfasis.


Debo confesar también que estoy viviendo en una de las grandes ciudades más corrompidas del mundo -y que me gusta. ("¿Y el espíritu"?, preguntará usted. "¿Y aquella dimensionalidad del ser?" Todo aquello, respondo yo, quedó, tal vez, en una sala de operaciones.)

Sí, me gusta la ciudad de Buenos Aires -especialmente ese olor particular que flota junto a las entradas del subte-; me gusta la calle Corrientes, la indiferencia, la angustia no siempre percibida que flota bajo un cielo que no se mira, entre los gigantescos edificios y sobre la ausencia del mar -y del amor.



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