LAS CEREMONIAS FÚNEBRES ENTRE LOS ETRUSCOS

 

La mayoría de los etruscos eran pobres, y, por tanto, cuando fallecían debían contentarse con una fosa, el duelo de familiares y amigos, y poco más (como un modestísimo banquete fúnebre).

Pero si el muerto era un personaje de cierta importancia, se procedía a avisar a familiares y amigos que viviesen fuera de la localidad. Mientras éstos llegaban, se procedía a exponer el cadáver durante varios días (ceremonia de la "prothesis"), que, al contrario de la Grecia antigua, no se llevaba a cabo en la casa del difunto, sino en alguna parte de la necrópolis, una tienda, un edificio habilitado para tal fin o el propio sepulcro.

Finalizada la exposición (en la Antigua Roma duraba inicialmente 3 días y posteriormente se llegó hasta 7), los hombres, tras loar las virtudes del fallecido, le saludaban brazo en alto; mientras alguna mujeres de la familia -en ocasiones plañideras contratadas- prorrumpían en sollozos, entonaban canciones y bailaban danzas fúnebres, en algunas de las cuales también intervenían los hombres.

Acto seguido se iniciaba la procesión hacia la pira y después a la tumba. En Tarquinia, donde se solía practicar la inhumación, la procesión conducía al sepulcro directamente. 

Esta ceremonia se desarrollaba siguiendo un orden establecido: unos flautistas abrían la marcha, varios hombres, a cuyos lados iban las mujeres llorando, tiraban del carro del muerto, seguido por familiares, amigos, plañideras y mujeres en general, acompañados por flautistas.

Introducido el cadáver en su sarcófago o sus cenizas en la urna cineraria, y colocado en el lugar que le correspondía en el hipogeo familiar, se celebraba un banquete en su honor para demostrar al finado que sus familiares y allegados no deseaban prescindir de él, sino que para ellos seguía perteneciendo al clan (una de las escenas más representadas del arte tirreno).

Unas veces se usaba la propia tumba como comedor, aunque generalmente el número de comensales era elevado y obligaba a buscar lugares más espaciosos.

Se consumían manjares como huevos, granadas, verduras, etc., y por supuesto se bebía -como en los simposios griegos(*)- bastante vino.

Estos alimentos recordaban la renovación de la naturaleza con sus ocultas energías y por ende la prolongación de la vida más allá de la muerte.




A continuación se pasaba de la inicial tristeza por la muerte del allegado a la aceptación de la misma. Ya alimentados los asistentes, pasaban a alegrarse con la actuación de músicos y bailarines. Unas danzas eran guerreras, otras lúdicas, en que podían intervenir bailarines, y el matiz de otras, en las que actuaban danzarinas, era claramente erótico.

Al final, buen número de comensales acababan animándose y danzando, ya que lo que se procuraba era terminar con la tensión nerviosa de los familiares y amigos más afectados. 

Finalmente, todos los asistentes acudían al lugar donde se celebraban los juegos fúnebres, que según los indicios deberían ser muy semejantes a otros que se llevaban a cabo en diversas festividades, y que transmitieron a los romanos.

Se celebraban en algún extenso y llano, en el que se alzaban tribunas de madera, y no debían diferenciarse muchos de los organizados por el monarca etrusco Tarquino "el Viejo" en Roma para celebrar una victoria.

Cuando estos juegos concluían, se daban también por terminados los funerales. 

Quedaba tan sólo, tal como ocurría en Roma, ofrecer sacrificios a los dioses, cuyos detalles no se conocen todavía, y sobre los que no resulta fácil pronunciarse.


Joseph M. Walker: LOS ETRUSCOS



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(*) El simposio griego (del griego sympósion, "beber juntos") era una fiesta aristocrática celebrada tras el banquete. Se bebía vino rebajado con agua, se recitaba poesía, se escuchaba música y se debatían cuestiones políticas y filosóficas. 


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