LOS PRESAGIOS EN LA ANTIGUA ROMA
Los presagios dados por las palabras anunciadoras, los OMINA, o proporcionados por el vuelo de los pájaros, los AUSPICIA, llevan en sí el porvenir, pero se trata de un porvenir cercano o inmediato y son advertencias enviadas por los dioses a los hombres para confirmarlos en sus empresas, o bien, al contrario, para apartarlos de ellas.
La literatura romana recuerda innumerables ejemplos de tales signos divinos. Mencionemos solo el célebre OMEN dado inconscientemente a Craso, que partía en su expedición contra los partos, por el vendedor de higos que gritaba Cauneas (sobreentendido ficos), higos de Caunos, ciudad de Caria, aunque el llamado tenía un sentido más oculto y real, pues podía y debía entenderse Caue ne eas (No vayas).
Una comparación propuesta hace poco de la palabra OMEN con el hitita ha-(tener por verídico, aceptar como verdadero), aclara el sentido primitivo de la palabra. El tema verbal que la formación de o-men nos lleva a hacer en o, aparece en el hitita ha-, y la correspondencia fonética es regular.
El papel consciente del individuo resulta así capital. Tiene poder de dar vida y valor a la palabra anunciadora diciendo que la recibe, la acepta, omen accipere.
Pero puede también rehusar religiosamente el presagio funesto con omen exsecrari, abominari, o bien transformarlo mediante hábiles palabras, que modifiquen mágicamente y eficazmente su sentido.
El romano no cree en un determinismo ciego. Sabe salvaguardar, frente a los dioses, su propia libertad.
Raymond Bloch: LOS PRESAGIOS EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA

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