LA AGRICULTURA MAYA (2ª parte)
Entre enero y febrero, al llegar las primeras lluvias ligeras, se derribaban los árboles.
De marzo a mayo se extendía la estación seca y calurosa. Los árboles se cubrían de flores y se procedía a quemar los troncos que se habían derribado. Entre éstos se seleccionaban los de mayor tamaño para ser arrastrados hasta las orillas del terreno y fabricar una primitiva pero útil empalizada, a fin de evitar las incursiones de los venados y otros animales.
La ceniza de los arboles y arbustos quemados se removía extendiéndola y con así quedaba lista la tierra para el cultivo.
De junio a agosto caían las lluvias copiosas. Las precipitaciones son abundantes en las regiones selváticas, con un promedio anual de casi 2 metros. En El Petén (cerca de las primeras grandes ciudades mayas: Tikal, Uaxactún, etc.) alcanza 165 cm al año; en Yucatán 110 cm.
Hay una elevada precipitación pluvial, pero el agua no es retenida por la escasa capa de tierras, se filtra a través de la caliza porosa cayendo a los cenotes (pozos) a 30 m de la superficie. Algo de agua se queda en bolsas llamadas aguadas.
La siembra se controlaba mediante un ritual. El maíz, don de los dioses, era sagrado y su siembra tenía que efectuarse siguiendo un rito apropiado. Se invocaba el auxilio del dios de la lluvia, Choc, y s escogían para la siembra aquellos días en que debería llover, para que las semillas germinaran.
La astronomía era astrología en su mayor parte. Pero el calendario para la siembra se basaba en observaciones empíricas. Se trata de la previsión del tiempo basada en observaciones hechas en años anteriores.
Para cada uno de los detalles de la siembra y cosecha existía un ritual, basado mayormente en las cuidadosas observaciones hechas por el hombre ligado a la tierra, que las comunicaba a los sacerdotes escribas, quienes las registraban en escritura jeroglífica para que pudiera recordarse
Víctor W. von Hagen: EL MUNDO DE LOS MAYAS

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