EL JUDAÍSMO Y EL AVESTA

 

Muchas de las lenguas en que hablaban los libros sagrados del Viejo Mundo estaban fuera de uso. Se conservaban únicamente en el culto, en el sacrificio y la lectura ritual, en la letanía y la oración. Así sucedió con la lengua de Avesta, pero también con el hebreo. 

Es ilustrativo observar la analogía de la situación en ambas partes y cómo se trató de superarla. Pues en ambos casos la proyectada creación de un "libro" encontró serios obstáculos.

Para los judíos, el problema del idioma afectaba los cimientos de su autonomía religiosa y nacional. Una diáspora que en Egipto y sus países vecinos, Cirenaica y Chipre, pero también en Babilonia, había superado de lejos la importancia del judaísmo de la tierra madre, condujo a innovaciones de gran peso.

En el Oeste, la traducción griega sustituyó lo que antiguamente había brotado de la boca profética en su idioma original como ley, como palabra suscitadora de la solemne anunciación, como airada exhortación.

Téngase presente que Filón, abogado elocuente de su pueblo y de su fe, no entendía hebreo y dependió de las traducciones griegas.

En la diáspora oriental, y hasta en la misma Palestina, los dialectos arameos ocuparon el lugar de la lengua antigua, los targumes (traducciones al arameo del texto bíblico hebreo) reemplazaron los originales hebreos.

Solo las horrorosas guerras de aniquilación que emprendió Roma contra los judíos despertaron a los espíritus. Entonces, se recordó la propia herencia que por demasiado tiempo había sido eclipsada por lo foráneo.




Se eliminó lo griego, se abandonó la traducción, se volvió a los originales y se comenzó a restituir la lengua de los mayores el lugar que le correspondía. Igual que en Irán, se estaba asistiendo a un renacimiento nacional y religioso.

El hebreo se había fijado en una escritura que captaba la palabra como un esqueleto de consonantes. Mientras la lengua estuvo en boca de todos, bastó esta manera de reproducción escrita, tal como siempre sucedió y sigue sucediendo en los idiomas semíticos.

Sin dificultad se había realizado la transición de la escritura fenicia a la aramea y se había dado a ésta una forma específicamente hebrea. Pero, ahora, cuando el hebreo dejó de ser una lengua viva, se comprobó que la escritura en forma de raíces omitía cosas esenciales.

Resultó cada vez más difícil lograr la pronunciación correcta, mientras el culto exigía la reproducción minuciosamente exacta del texto. Por un tiempo se recurrió a transcripciones al alfabeto griego. Porque esa escritura plena permitía fijar todo aquello que la anotación defectiva había omitido.

Mas la oposición consciente contra todo lo griego, sea traducción o transcripción, tarde o temprano debía obstruir ese camino. Era necesario encontrar otro método.

Cabe recordar a este respecto los sensacionales hallazgos de manuscritos en las cavernas del Mar Muerto. Entre las sorpresas que provocaron, la del rollo de Isaías (A) fue una de las mayores. No tanto por las versiones que ofrece -ya que se trata de un texto de vulgarización cuyo valor aún está en tela de juicio-, sino por la escritura.

Pues en este rollo se intentó mediante una abundante y, en la segunda parte, metódica utilización de las "madres de lectura" Y y V, prestar la ayuda necesaria a la pronunciación de las vocales. Se trataba de subsanar los defectos mencionados.


Franz Altheim: EL DIOS INVICTO




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