LA MUERTE ENTRE LOS MAYAS (2a. parte)
En Yucatán, los cuerpos de los nobles eran incinerados, y las cenizas depositadas en una urna (de cerámica o madera) que ostentaba sus rasgos fisonómicos.
Se esculpían estatuas retrato de "personas de calidad" difuntas. La parte posterior de la cabeza se dejaba hueca y allí se ponían las cenizas. Conservaban esas estatuas con grandísima veneración.
Los cocons, dinastía que gobernó Mayapán a fines del imperio maya, idearon un ceremonial único para sus entierros: decapitaban al muerto, les desprendían toda la carne de la cabeza y luego serruchaban la mitad de la coronilla en la parte posterior, dejando entero el frente con sus mandíbulas y dientes. Luego volvían a adherir la carne con una especie de betún (y yeso) restituyéndoles un aspecto viviente. Estas cabezas las conservaban en los oratorios de sus casas y en los días festivos les hacían ofrendas de alimentos, pues creían que en ellas se albergaba el alma y que por lo tanto aprovechaban dichas ofrendas.
Lo dicho por el obispo español Landa quedó confirmado al extraer los arqueólogos, del cenote(*) sacrificial de Chichén Itzá, un cráneo con la coronilla recortada, tal como lo describe el obispo, y restos de yeso y madera con que le habían querido proporcionar un aspecto de vida.
Los griegos enterraban a sus muertos de una manera parecida en Myrina, donde los arqueólogos han rescatado espejos, espátulas, estrigilos(**), adornos, diademas, vasos, platos y estatuillas de dioses menores en arcilla cocida.
Tanto los mayas como los griegos padecieron la misma piadosa ilusión. Los vivientes querían rodear a los muertos con aquellos objetos familiares entre los cuales habían transcurridos sus vidas, porque encontrando desagradable el marchar solos al otro mundo, deseaban llevarse consigo sus pertenencias para confortarse.
Los muertos se sentirían mal dispuestos hacia quienes habían quedado disfrutando de la luz del día: de ahí que estos últimos trataran de ganárselos ofreciéndoles las comodidades de esta vida.
Los mayas creían en la inmortalidad y en una forma de cielo e infierno. Aquellos que habían observado fielmente los rituales, es decir "los buenos", iban a un lugar sombreado por "el primer árbol del mundo" y bebían su ración de chocolate bajo su fronda.
A dónde iban los demás, es cosa que no se conoce con certeza.
Los aztecas inventaron dioses y sitios del mundo subterráneo que por su complejidad hubieran arrancado elogios de los mismos griegos. Ignoramos hasta qué punto hayan imitado los mayas dichos conceptos.
Los dibujos nombre de los 9 señores mayas de la noche y del mundo subterráneo han sido identificados (los aztecas tenían 13 cielos y 9 infiernos), pero permanecen sin nombre.
Estas moradas de ultratumba carecían de significado moral. En la mitología maya no se recompensaban, como en la cristiana, los actos piadosos o útiles.
A dónde se iba después de la muerte dependía más de lo que se había sido en vida, que de lo que se había hecho. Guerreros, pescadores, sacerdotes, madres fallecidas de parto, todos afluían a ese cielo seccional en el que vivían sus genios tutelares.
Los suicidas tenían su propio cielo. Eran sagrados. Hasta tenían su diosa particular: Ixtab.
Al igual que en otras partes, los deudos de los difuntos tenían sus tabús. Socialmente quedaban manchados. Según la costumbre del clan, debían seguir los ritos o de lo contrario los muertos regresarían a pedirles algo. Se les imponían privaciones de varios géneros.
En cuanto a los difuntos, todo lo que les preocupaba era abandonar esta vida para entrar en la otra.
Así transcurría la diaria jornada de la vida del maya inferior. Él era quien pagaba el tributo con su mano de obra en la construcción de las ciudades. Por encima de él estaban las clases rectoras: el consejero de la ciudad, el batab que cobraba el tributo, el gobernador que, el adivino (chilan), el jefe guerrero y por encima de todos, el jefe hereditario, sacerdote y gran señor a la vez, con una jerarquía como la de un arzobispo barroco, encarnación del poder secular y temporal, el "hombre verdadero", sentado en el pináculo.
Víctor von Hagen: EL MUNDO DE LOS MAYAS
-----------------------
(*) Depósito de agua de manantial.
(**) Un estrígil es una rascadera o raedera de metal larga y fina que en la cultura grecorromana los atletas usaban para limpiarse el cuerpo manchado de arena y aceite. Fue utilizado primero por los etruscos después de sus combates y posteriormente por los romanos, como forma de lavarse en sus termas.


Comentarios
Publicar un comentario