LA MUERTE ENTRE LOS MAYAS

 

Los mayas temían a la muerte y lloraban su arribo. No se sentía muy seguro de que hubiera otra vida, y sólo creía firmemente en lo sensible que tenía a su alcance.

"Sienten un grande y exagerado temor a la muerte -dice el obispo Landa- todo el culto que rendían a sus dioses tenía por único objeto propiciarlos para que les dieran salud y vida. Cuando llegaba a presentarse la muerte, lloraban todo el día calladamente y en la noche gemían a gritos."

Los moribundos se confesaban con el sacerdote, de la misma manera que los aztecas, porque consideraban que ello era necesario para neutralizar las influencias malignas acarreadas por el fin de la vida de alguien. 



El morir era una forma de mácula social; constituía un acto antisocial. 
Era algo individual, la separación de una persona del clan, en el que toda manifestación de la vida era colectiva.

Envolvían al difunto en un sudario, que de ordinario era su propia manta. Dentro de la boca le ponían maíz molido, con unas cuentas de jade, que también usaban como dinero para que no careciera de recursos al querer comprar algo en la otra vida.

Al hombre común se le enterraba en el piso de la tierra de su casa con los objetos que le habían pertenecido en vida: si pescador, con sus redes y arpones; si guerrero, con su escudo y lanza.



A todos les ponían vasijas llenas de alimento y bebida, para que no carecieran de nada en la otra vida.

El tiempo acabó con todo eso salvo la cerámica, y es de ésta de la que depende el arqueólogo estudioso de lo maya, para formular la secuela estilística de la historia de ese pueblo.

Las casas se abandonaban después de una serie de entierros, convirtiéndose en santuarios familiares. Las pertenencias del difunto eran tabú ordinariamente y la mayoría de ellas se enterraban junto con él.

Si había sido sacerdote lo sepultaban con algunas de sus piedras de hechicería.

A los chilán, adivinos, se les enterraba con sus "libros", lo cual puede explicar la desaparición de muchos de tales escritos.

Son pocas las tumbas descubiertas que se encuentren en buen estado de conservación. Los nobles, entre quienes se incluía a los sacerdotes, eran enterrados en pequeñas bóvedas recubiertas de piedra.

Se los depositaba extendidos y rodeados de vasijas de arcilla.



En el año 500 d. C. un cacique de Kaminal-juyu fue sepultado en posición sedente con dos jovencitos y un niño elegidos para ser muertos y enviados con él al otro mundo. Hasta su perro le acompañaba, para guiarle a la mansión de los muertos.

Los difuntos nobles eran inhumados en las plazas de las ciudades templo.

En Chichén Itzá el sumo sacerdote fue encontrado en una tumba revestida de piedra y suntuosamente alhajada. Alrededor de lo que había sido su cuello había un collar de perlas de las que traían los navegantes mercaderes mayas desde Venezuela.

La tumba de un cacique bajo un tempo de Palenque es de un esplendor que iguala a cualquiera de las halladas en el Viejo Mundo.


Víctor von Hagen: EL MUNDO DE LOS MAYAS

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