LA RELIGIÓN ENTRE LOS GRIEGOS, ETRUSCOS Y ROMANOS
Pese a la influencia que el mundo helénico ejerció sobre Etruria, en las diferentes épocas de la historia de este país, pese al número de dioses o de héroes griegos cuyo nombre y mito pasaron al arte y la religión toscana. Ésta siguió siendo fundamentalmente distinta de la religión griega por su estructura y aspecto. Para captar mejor la oposición, la antítesis, debemos partir, de una definición general de esta última.
R. P. Festugiére define excelentemente la religión de los griegos:
"La religión griega no fue el acto de voluntad instantáneo de un profeta o de un mago, que se impuso inmutable a lo larga serie de siglos. No fue codificada en un libro, no perteneció a una casta cerrada, a una iglesia, no conocía dogma alguno. Brotó del corazón mismo de las poblaciones que, poco a poco, se mezclaron en el suelo de Grecia. Evolucionó según el mismo ritmo que las poblaciones, su historia depende inmediatamente de la de éstas, representa un elemento de su civilización."
Frente a esta flexibilidad, a esta evolución, a esta vinculación indisoluble con la historia misma del pueblo, la religión etrusca presenta caracteres muy diferentes. Es una religión revelada, codificada, unitaria, rebelde, según parece, a toda modificación profunda. La razón de esta estructura rígida reside en la actitud fundamental de los etruscos respecto de lo sagrado y de los dioses, actitud totalmente opuesta a las relaciones flexibles que los griegos mantenían con los dioses del Olimpo.
Pese a su concepción de la omnipotencia del destino, fuente de tantos temas dramáticos, el griego no abdica nunca de su libertad, salvo en la medida misma en que sabe tomar clara conciencia de los límites de su condición. Más aún, se rebeló muy pronto contra la idea de la omnipotencia de esta fuerza ciega y terrible.
En Etruria las cosas son absolutamente distintas. El poder sombrío y oscuro de las divinidades toscanas crea un sentimiento de anonadamiento de la persona humana.
En Grecia, y luego en Roma, se establece siempre un diálogo entre los dioses y los hombres.
En Etruria el hombre calla y sólo puede escuchar, temeroso, el eterno monólogo de los dioses. Su tarea consiste sólo en ejecutar, tan escrupulosamente como le es posible, las voluntades y decisiones de éstos.
Raymond Bloch: LOS PRODIGIOS EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA
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