IMPERIO Y PAPADO EN LA EDAD MEDIA

 

Dante en LA DIVINA COMEDIA y en DE MONARCHIA señala la crisis en que se halla el orden imperial, responsabilizando al papado de haber obstaculizado el cumplimiento de su misión.

Imperio y papado eran las dos potestades que representaban la aspiración unánime a un orden universal, sentimiento que en la alta Edad Media poseía extraordinario vigor.

Acaso por las mismas razones que en los siglos anteriores, pero también por la experiencia recogida dentro del orden feudal, se acariciaba la esperanza de que por sobre la inestable multitud de señoríos se elevara una autoridad eficaz de introducir un principio regulador en la convivencia recíproca.

El ejercicio de una alta justicia, insobornable e incontaminada por los apetitos y ambiciones, parecía la misión propia del emperador, cuyos remotos modelos eran las figuras de Constantino o de Carlomagno.

Pero como en la práctica la instauración de un poder imperial unánimemente reconocido parecía ilusoria -y más aún desde que la corona se depositó en manos germánicas-, la aspiración a un orden universal regido por una autoridad ajena a las alternativas de la lucha política se orientó hacia el papado.

En principio, el papado aceptaba esa responsabilidad y aspiraba a una función reguladora que el imperio también recababa para sí. Pero si en el siglo IX el imperio se hundía y se mostraba impotente para realizar su misión, el papado no se hallaba en mejores condiciones, falto de apoyo secular para imponer sus decisiones.

La ventaja del papado fue su perduración cuando el imperio desaparecía del escenario.

Nicolás I (858-867) pudo afirmar sus aspiraciones a la autoridad universal, tanto espiritual como terrenal, utilizando las decretales fraguadas, que por entonces se pusieron en circulación, bajo la autoridad de San Isidro.

Lo mismo hicieron sus sucesores, y gracias a ello la ilusión de que el pontificado llegaría a ser el poder regulador de la cristiandad se afirmó en los fieles.




Si esa ilusión no se transformó en realidad inmediatamente, pese a las condiciones excepcionalmente favorables, fue por la oscura política que siguió el papado durante los siglos IX y X, arrastrado por la política italiana y las intrigas del patriciado romano, y por la ausencia de un apoyo militar.

La creación del Santo Imperio en el siglo X, fuera del reconocimiento que implicaba de la potestad del pontífice para otorgar la corona imperial, pareció que podría proporcionarle el brazo armado que la Iglesia necesitaba.

Pero acaso aun así no se hubiera realizado su designio de no haberse producido en el siglo X el movimiento de depuración que encabezó la orden de Cluny y que devolvió al papado la autoridad moral que había perdido.

En efecto, bajo la dirección de los monjes de esa orden se restauró la disciplina eclesiástica y poco después se delineó una política destinada a la conquista de la autoridad universal para el papado, a cuyo servicio debía estar la autoridad del emperador.

La organización del sistema de elección secreta para los pontífices, resuelta por el papa Nicolás II bajo la influencia del monje Hildebrando en 1059, sustrajo definitivamente al pontificado de la influencia germánica y preparó el camino para la política que el propio Hildebrando seguiría como pontífice cuando llegó al papado en 1073 con el nombre de Gregorio VII.

Comenzó entonces la lucha entre el pontificado y el imperio con la llamada Querella de las Investiduras, a través de la cual quedaron en evidencia las dos posiciones antagónicas.

En efecto, el papado, sostenido por juristas y teólogos -como Manegold de Lautembach- sostuvo no sólo su jurisdicción para designar obispos, que era el asunto concreto de la querella, sino también su autoridad suprema sobre la tierra, emergente de la indiscutible superioridad de la autoridad espiritual sobre lo temporal. 

Si el concordato de Worms (1122) admitió la jurisdicción religiosa del papado, en modo alguno concedió el imperio su aprobación a la tesis política que sostenía el papado, pese a lo cual la Iglesia continuó defendiéndola con extraordinaria tenacidad y con el apoyo de ilustres figuras como San Bernardo de Clairvaux, Juan de Salisbury, Graciano, jurista de la universidad de Bolonia y autor del Decreto en el que se sistematizan las fuentes legales en que la Iglesia fundaba sus aspiraciones, y tantos otros.


José Luis Romero: LA EDAD MEDIA

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