MAX EWIN VON SCHEUBNER-RICHTER: RUSIA, ALEMANIA, TURQUÍA Y EL GENOCIDO ARMENIO
El teniente Dr. Max Ewin von Scheubner-Richter era una de las muchas figuras enigmáticas que poblaban las filas del recién creado Partido Nacionalsocialista a principios de la década de 1920.
Un hombre pequeño y calvo, con quevedos, de profesión ingeniero con una especialidad en Química, Scheubner-Richter era un alemán báltico nacido en Riga (la ciudad más populosa de Letonia).
En 1923, cuando el fallido putsch de Múnich, tenía 39 años y muy buenos contactos en las altas esferas.
Se había trasladado a Múnich en 1910 junto a Mathilde von Scheubner, la aristócrata casi treinta años mayor que él con la cual acababa de casarse.
Se habían conocido durante el levantamiento de 1905 en Rusia, cuando a la unidad de caballería de la que él formaba parte se le encomendó la tarea de custodiar las propiedades del padre de su futura mujer.
Richter adoptó el apellido de su esposa, convirtiéndose en Scheubner-Richter.
Durante la I Guerra Mundial se presentó voluntario para servir en una brigada de caballería ligera y en diciembre de 1914 se incorporó al consulado alemán en Erzurum, en el noreste de Turquía.
Pronto fue ascendido a vicecónsul a vicecónsul, posición que le permitió conocer de primera mano el genocidio del pueblo armenio.
En los cables diplomáticos que enviaba a Berlín describía con detalles escalofriantes la manera en que el régimen otomano estaba convirtiendo a la minoría armenia en un chivo expiatorio tras las diversas derrotas militares que había infligido el Imperio Ruso al Imperio Otomano.
La población armenia estaba radicada mayormente en la región fronteriza entre ambos imperios.
Aldeas enteras fueron evacuadas y saqueadas; las mujeres y los niños tuvieron que desplazarse en caravanas para ser reubicados en otros lugares, donde lo único que en realidad los esperaba eran el hambre, la enfermedad y la muerte.
Sus cuerpos quemados y cosidos a bayonetazos podían verse desperdigados por las carreteras. Los despachos de Scheubner-Richter, así como las protestas oficiales que realizó para denunciar las matanzas, siguen siendo uno de los primeros y más valiosos testimonios de esta tragedia humanitaria en la que murieron entre 300.000 y 1.500.000 de armenios.
Cuando lo trasladaron al Báltico para que ocupara un puesto de oficial de prensa en el 8ª Ejército alemán, Scheubner-Richter condenó enérgicamente los efectos de la Revolución Rusa.
El bolchevismo no era para él más que un régimen basado en el terror, el saqueo, la explotación y el hambre, que tenía como única finalidad aniquilar a las clases medias y altas y acabar con la civilización occidental. También era, según él, una conspiración orquestada por judíos.
En octubre de 1920, Scheubner-Richter creó una sociedad secreta de élite, la Aufbau ("Reconstrucción"), con el fin de establecer una alianza entre Alemania y los nacionalistas rusos. Quería luchar contra el "judaísmo internacional", derribar los regímenes supuestamente judíos de Rusia y la República de Weimar y, por último, restaurar la monarquía tanto en Moscú como en Berlín.
En esa época entró en contacto con el Partido Nacionalsocialista de Múnich. Al principio, dicha formación -con tan sólo cuatro años de andadura- no era más que una de las casi cuarenta organizaciones de extrema derecha, todas ellas muy parecidas, que habían brotado en el caótico Múnich de la postguerra.
Scheubner-Richter escuchó a Hitler por primera vez el 22 de noviembre de 1920. Lo hizo aconsejado por Alfred Rosenberg, otro alemán de origen báltico al que conocía de sus tiempos en Riga, donde habían compartido fraternidad.
Scheubner-Richter se afilió al Partido Nacionalsocialista muy poco tiempo después y, como Rosenberg, se convirtió en un habitual de la escena política. Parecían formar parte de una camarilla poderosa en las altas esferas del partido.
A lo largo de los tres años siguientes, Scheubner-Richter prestó a Hitler infinidad de servicios. Estrechó los lazos con la nutrida comunidad de emigrados rusos y ucranianos de derechas que había en Múnich, mucho de los cuales eran viejos aristócratas zaristas que habían huido de la revolución y de la guerra civil.
Trató de contagiar su espíritu anti-bolchevique y se encargó de recaudar donaciones entre sus conocidos de los círculos de industriales y terratenientes conservadores preocupados por el ascenso político de la izquierda.
Supo sacar partido a los contactos que tenía en el mundo de la realeza, entre los que se encontraban nada menos que el príncipe Ruperto de Baviera y el gran duque Cirilo de Rusia. A Hitler no le pasó desapercibida, su contribución a la causa: "Todos son prescindibles, menos él", dijo algún tiempo después.
Scheubner-Richter fue sin duda uno de los muchos que lo animaron a dar el putsch de la cervecería. De entre las múltiples lecciones que ofrecía la Revolución bolchevique, lo impresionó sobre todo que Lenin -al frente de una minoría exigua pero muy decidida- hubiera sido capaz de llevar a cabo semejante proeza y cambiar el rumbo de la historia.
Lo mismo habían hecho Mussolini en Italia y Mustafá Kemal (a quien luego se conoció como "Atatürk") en Turquía. En su opinión, los integrantes de la conspiración de la conspiración de Múnich no podían fracasar.
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