CULTURA, INTELECTO Y VISION DEL MUNDO
Las simpatías de numerosos intelectuales hacia el comunismo tiene un carácter paradojal en cuanto el comunismo desprecia al tipo de intelectual como tal, tipo que pertenece a la odiada burguesía.
Ahora bien, una actitud de tal especie puede ser compartida también por quien pertenezca al frente opuesto al comunismo. Dado lo que en el mundo contemporáneo éstas significan, es posible oponerse a toda sobrevaloración de la cultura y de la intelectualidad.
Tener por ellas casi un culto, definirlas como un estrato superior, casi como una aristocracia -la "aristocracia del pensamiento" que sería la verdadera, que suplantaría legítimamente a las formas anteriores de elite y de nobleza- es un prejuicio característico de la época burguesa en sus sectores humanista-liberales.
La verdad es, en cambio, que tal cultura e intelectualidad no son sino productos de disolución, de disociación y de neutralización con respecto a una totalidad.
El anti-intelectualismo tuvo un papel relevante en la primera mitad del siglo XX, a la manera de una reacción casi biológica, la cual sin embargo muchas veces ha seguido direcciones equivocadas o, al menos, problemáticas.
Existe un tercer término posible de referencia más allá del intelectualismo como del anti-intelectualismo, para una superación de la "cultura" de orientación burguesa. Tal es la VISIÓN DEL MUNDO.
La visión del mundo no se basa en libros, sino sobre una forma interior y sobre una sensibilidad que posee un carácter no adquirido, sino innato.
Se trata esencialmente de una disposición (aptitud) y actitud que no conciernen sólo al dominio mental, sino que abarcan también el del sentir y el del querer, informan el carácter, se manifiestan en reacciones que tienen la misma seguridad del instinto y dan significado, sentido, a la existencia.
Normalmente, la visión del mundo, más que ser una cosa individual, procede de una tradición, es el efecto orgánico de las fuerzas a las cuales un determinado tipo de civilización debe su propia forma.
Al mismo tiempo, ella se manifiesta como una especie de "raza interna" (espiritual), como una estructura existencial.
En cada civilización diferente de la moderna era justamente una "visión del mundo" y no una "cultura" la que compenetraba los estratos más variados de la sociedad.
Allí donde cultura y pensamiento conceptual estuvieron presentes, ellos no tuvieron la primacía. La función de ellos fue la de simples medios expresivos, de órganos al servicio de la visión del mundo.
No se retenía que un "pensamiento puro" tuviese que revelar la verdad y proveer el sentido a la existencia.
La parte del pensamiento era, en cambio, la de clarificar lo que ya se poseía y que preexistía como sentido y evidencia directa, antes de cualquier especulación.
Los productos del pensamiento tenían por lo tanto sólo un valor de símbolo, de señal indicativa.
A tal respecto la expresión conceptual no poseía un carácter privilegiado con respecto a otras posibles formas de expresión.
En las civilizaciones anteriores éstas estaban constituidas más bien por imágenes evocativas, por símbolos en sentido proprio, por mitos.
Hoy las cosas pueden ir de otra manera dada la creciente e hipertrófica cerebralización del hombre occidental.
La visión del mundo puede ser más precisa en un hombre sin una particular instrucción que en un escritor, en el soldado y en el campesino fiel a la tierra que en el intelectual burgués, en el "profesor" o en el periodista.
Julius Evola: LOS HOMBRES Y LAS RUINAS
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