ETRUSCOS, MONSTRUOSIDADES Y PURIFICACIONES

 

Todos los seres afectados por deformidades raras, todos los monstruos de los dominios animal y humano, representaban para la conciencia etrusca seres peligrosos, máculas vivientes para la ciudad que corría el riesgo de infectarse con ellos.

Efectivamente, si la naturaleza olvidaba así sus propias leyes era porque las potencias divinas se habían preocupado de marcar por sí mismas a estos seres anormales.

Por lo tanto, era necesario expulsarlos cuanto antes de la sociedad de los hombres, apartarlos de ella de la manera más rápida y radical.

En Etruria y más tarde en Roma, los hermafroditas eran encerrados vivos en un ataúd y arrojados en alta mar. 

Así se evitaba todo contacto de los seres impuros con los hombres y aun con la tierra. Cualquier clase de monstruo podía ser también arrojado a un río y precipitado vivo a las profundidades del Tíber, cuando era originario de Roma.

Pero, además, era posible recurrir a las llamas y entonces los únicos rastros que quedaban del ser infortunado, sus cenizas, eran dispersados a continuación en el Tíber o en el mar.



La misma actitud se observaba respecto de los animales monstruosos o bien autores de prodigios: pero no se los sumergía, se los quemaba con maderas de arbores infelices. 

Así se procedía con las avispas que venían a posarse sobre un templo. 

En cambio, los arúspices prescribían que se conservara y nutriera a costa del Estado a los animales que habían hablado y cuyas palabras se habían podido captar a veces por una suerte extraordinaria.

Animales milagrosos como éstos era, pues, considerados en forma distinta de los otros monstra. Tenían algo de divino en su naturaleza y los etruscos, lejos de mirarlos como máculas vivientes, los rodeaban de un respeto religioso. Se los mantenía en corrales especiales, como representantes de lo sagrado, aislados del mundo profano.

Junto a estas expiaciones purificadoras, los arúspices indicaban las ceremonias susceptibles de aplicar a los dioses cuya cólera se había traducido por prodigios amenazadores. 


Raymond Bloch: LOS PRODIGIOS DE LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA

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