LA ADIVINACIÓN ENTRE LOS ETRUSCOS Y LOS ANTIGUOS ROMANOS

 

La literatura romana es rica en informaciones concernientes a la ciencia aruspicinal en lo que se refiere a los prodigios.

Se impone una observación general. No encontramos ningún rasgo de evolución en la disciplina etrusca, desde el momento en que surge en el suelo toscano hasta su extinción.

Las respuestas de los arúspices acerca de los prodigios responden siempre a los mismos principios, a las mismas exigencias.

Su arte adivinatorio parece, pues, haber sido asombrosamente estable. A esto se podría objetar que este arte sólo nos es conocido por fuentes romanas, por tanto tardías. Pero estas fuentes romanas se refieren a épocas extremadamente diversas, desde el momento de la realeza etrusca hasta el fin del Imperio Romano.

Aunque no sean aceptables todos los datos que nos transmite la tradición, concernientes a épocas muy antiguas, los preciosos relatos de Tito Livio y de Diodoro de Halicarnaso que se refieren a la aruspicina bajo el reino de los Tarquinos parecen basarse sobre fundamentos auténticos, sin duda fuentes etruscas, contemporáneas de los hechos mismos. Citemos, entre otros, el siguiente prodigio.

Antes de hacer construir el templo de Júpiter Capitolino, que debía ser el mayor de Roma y afirmar su supremacía sobre el Lacio, Tarquino el Soberbio debió hacer preparar una vasta superficie sobre el Capitolio y emprender trabajos considerables.

Se produjeron entonces varios prodigios, de los cuales el más famoso fue el siguiente: de los fundamentos del templo, los obreros extrajeron una cabeza humana, cuyos rasgos estaban intactos.

Según Tito Livio, los arúspices de Roma y los venidos ex profeso de Etruria interpretaron que el prodigio anunciaba que Roma estaría a la cabeza del mundo.

Por su parte, Dionisio de Halicarnaso relata en cambio que ocurrió un hecho extraño: los adivinos existentes en Roma fueron incapaces de interpretar el fenómeno y una misión fue a Etruria a consultar allí a un arúspice.

Éste quiso engañar a los romanos pero, por una especie de pacto espontáneo con los enviados de Roma, el hijo del arúspice les aconsejó evitar responder a su padre si éste, insidiosamente, les preguntaba en qué punto del Capitolio había sido encontrada la cabeza milagrosa, se tratara del este, del oeste, del norte o del sur.

Sólo había que dar la indicación siguiente: en el monte Trapeyo, en Roma.

En caso contrario, el adivino habría intentado trasladar a su ciudad el presagio de grandeza recibido por Roma.

Así se hizo y el experto toscano debió reconocer que el lugar donde se había encontrado la cabeza estaría al frente de Italia.



El relato es instructivo y muestra que los etruscos, como lo harán a su vez los romanos, sabían utilizar hábilmente los signos divinos cuando se daba el caso, transformando su valor o transfiriéndolos.

El arúspice consultado intenta aquí, valiéndose de la orientación del prodigio, hacer pasar a su propio Estado el presagio de grandeza y poderío enviado por los dioses a Roma.

La sumisión de los etruscos a las leyes de los dioses, tan marcada y constante, no aniquilaba entonces completamente su libertad respecto de los signos divinos.

La ciencia sutil de los arúspices podía actuar, en ciertos casos, sobre los presagios y, con ello, determinar parcialmente el porvenir. Ocurre en esta circunstancia una especie de coacción sobre lo sagrado que se emparenta con la acción del mago.

Y el arúspice podía hacer en realidad cosas aún más importantes: era capaz de suscitar ciertos prodigios, de atraer o alejar los rayos.

Así, pues a su carácter coercitivo, la religión etrusca concedía un lugar a la eficacia de los ritos mágicos. 

El hecho no es aislado, pues aun las religiones más dominadoras, de atmósfera más opresiva, dejan en compensación a sus sacerdotes, conocedores de los ritos y maestros de su arte, la posibilidad de actuar eficazmente sobre lo sagrado.


Raymond Bloch: LOS PRODIGIOS EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA

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