LA INVASIÓN TÁRTARA DEL SIGLO XIII

 

En la década cuarta y quinta del siglo XIII, un grave peligró amenazó por el lado de Oriente a Europa: el peligro mongol o tártaro.

Las hordas de Batish (Batu, Baty), uno de los descendientes del famoso kan Temuchin, que había tomado el nombre de Gengis Khan, se arrojaron sobre los territorios de la Rusia europea, se apoderaron de Kiev en 1240 y, atravesando los Cárpatos, penetraron en Bohemia, de donde fueron forzadas a regresar a las estepas rusas.

En tanto otras hordas mongolas, operando más al sur, sometieron toda Armenia e irrumpieron en Asia Menor, amenazando el sultanato selyúcida de Iconium y los territorios del débil imperio de Trebisonda.

Ante el peligro común, los tres Estados de Asia Menor -los imperios de Nicea y Trebisonda y el sultanato de Iconium- se unieron contra los invasores, pero éstos aplastaron a las fuerzas militares de Iconium y Trebisonda.

El sultanato hubo de pagar tributo a los mongoles, obligándose a a suministrarles anualmente caballos, perros de caza, etc.

El emperador de Trebisonda, reconociendo la imposibilidad de luchar con los atacantes, hizo también la paz con ellos, a cambio de pagarles tributo, convirtiéndose así en vasallo de los mongoles.

Felizmente para los selyúcidas y para Juan Vatatzés, los mongoles suspendieron su actividad en Asia Menor por algún tiempo, ocupándose en otras empresas, lo que permitió a Juan Vatatzés preparar una acción decisiva en la Península Balcánica.

Los hechos que acabamos de indicar señalar que en el siglo XIII eran fáciles las alianzas entre cristianos e infieles. Así, ante un peligro común, Trebisonda y Nicea se unieron a los musulmanes de Iconium.

Respecto a la invasión tártara, es interesante recordar los relatos del cronista occidental del siglo XIII, Mateo de París, quien recoge ciertos rumores entonces difundidos por Europa.

En sus dos obras, dicho cronista cuenta que en 1248 los mongoles enviaron dos embajadas al Papa Inocencio IV, quien, como otros elementos de la Iglesia católica, esperaba convertir los mongoles al cristianismo.




Pero Mateo añade, en la primera versión, que muchos en la época supusieron que la misiva mongólica al Papa contenía la oferta de abrir las hostilidades contra Juan Vatatzés, "un griego, yerno de Federico, cismático, desobediente a la Curia papal, y se pensó que esta proposición no dejó de ser grata al Papa".

El mismo autor, en su "Historia Anglorum", menciona la respuesta pontificia a los embajadores tártaros. Parece que el Papa notificó al rey mongol que, si abrazaba el cristianismo, debía atacar a Juan Vatatzés, "un griego, yerno de Federico, cismático y rebelde contra el Papa y el emperador Balduino y luego contra Federico mismo y que se había levantado contra la Curia romana".

Pero los embajadores, indiferentes a los "odios mutuos de los cristianos, contestaron, mediante sus intérpretes, que no podían imponer tales condiciones a su señor y que temían que, al recibir tales noticias, montase en gran cólera.

Ninguna de estas dos versiones -y sobre todo la segunda, reflejo de las hablillas que circulaban en el siglo XII por Europa- posee verdadero valor histórico, y en consecuencia no cabe elevar sus afirmaciones a la categoría de hechos científicamente establecidos.

Pero si es interesante notar lo apreciada que era en Occidente la potencia e importancia política de Juan Vatatzés y el papel que, a juicio de los historiadores occidentales, tenía en las negociaciones tártaro-pontificias.

Los embajadores mongoles recibieron las mayores muestras de estima y atención por parte de Inocencio IV, quien escribió "al ilustre rey de ellos, y a los nobles y a todos los príncipes y barones del ejército tártaro", una larga epístola exhortándoles a abrazar el cristianismo. El nombre de Juan Vatatzéz no se mencionaba en esa carta.

Entre tanto, Juan Vatatzés, desembarazado del peligro de la invasión mongola, dirigió toda su atención a la Península Balcánica, donde obtuvo brillantes resultados.


A. A. Vasiliev: HISTORIA DEL IMPERIO BIZANTINO

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