LA VOCACIÓN INTELECTUAL

 

La realización de una vocación tan alta culmina en la figura del sabio de quien decían las siete PARTIDAS del rey don Alfonso: "porque de los omes sabios, los omes e las tierras e los Reynos se aprouechan e se guardan e se guían por el consejo de ellos."




La vida intelectual requiere una purificación e impone un estilo de vida.

La sabiduría comporta una plenitud que perfecciona la inteligencia y ennoblece la vida, elevándola sobre las pasiones.

En el sabio, la Verdad y la Bondad se fusionan en un todo armónico, a semejanza de Dios, en Quien son una misma cosa.

Y porque la Bondad es comunicativa y el Bien es difusivo de sí, la posesión de la sabiduría trae consigo una generosa disposición hacia los demás, una actitud cordial.

Por ello el sabio puede decir con justicia, hablando de la sabiduría: 

"La que aprendí sin ficción, la comunico sin envidia y no escondo los bienes de ella."

La recta disposición del hombre para cumplir la vocación intelectual se manifiesta en la aceptación por anticipado de los medios convenientes.

El primero de estos medios consiste en el reconocimiento de las limitaciones de la inteligencia y la aceptación de las leyes que rigen su actividad. La primera de ellas, la necesidad de someterse a la adquisición del saber. Es decir, a la ley del trabajo constante, humilde y silencioso.

Nada hay más falso que el querer saberlo todo rápidamente y sin esfuerzo. Esto lleva al dilettantismo, pero no a la formación auténtica de la inteligencia ni a la sabiduría.

Nada hay más contrario al verdadero intelectual que el hombre soberbio, porque ignora hasta su propia limitación. Nada arriesga tanto a la profundidad del saber como el mucho hablar y dispersarse en múltiples curiosidades.

En segundo lugar, una vez alcanzada la debida disposición por el propio conocimiento de sí mismo y acatada la ley del orden gradual de los conocimientos, el hombre debe someterse a la realidad del ser, objeto de la inteligencia. 

Porque en esto consiste la Verdad, en la conformidad de la inteligencia con el objeto que conoce. Lo cual excluye todo subjetivismo.

Finalmente, la vocación intelectual exige someterse a las imposiciones morales de la Verdad. Porque así como la Verdad requiere la labor del entendimiento y lo perfecciona, así la posesión de los primeros principios en el orden práctico exigen la perfección de la vida.

Nada hay que atente más contra las posibilidades de una vida intelectual profunda como la depravación de la conducta. Tal es el secreto de muchos fracasos intelectuales: el haber desligado la inteligencia del resto de la vida.


Francisco J. Vocos: EL PROBLEMA UNIVERSITARIO

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