COSTUMBRES ARGENTINAS - Manuel Gálvez

 

En el tranvía no pudo leer. Un solo asiento estaba libre y allí se instaló. Debajo, como era frecuente encontrar en los tranvías de Buenos Aires, un maleducado había dejado un charco de escupidas. 

Para peor, un sujeto tarareaba sin parar, y dos amigos hablaban a grito pelado.




Claraval, exasperado, recordó otras formas de barbarie habituales entre nosotros: el que gritaba en la calle, llamando a alguien; el que corría por la calle; los que, el domingo, cuando volvían de sus excursiones, insultaban desde sus camiones a los que iban en automóvil y decían groserías a las señoras; los que, por la noche, mutilaban las obras de arte en los paseos y en las plazas; los que, por hacer una broma, arrojaban fósforos encendidos en los buzones; los que en las rutas de acceso a la Capital cambiaban los letreros para hacer equivocar a los automovilistas, o los destruían; los que aturdían a sus vecinos haciendo funcionar la radio en su máxima potencia; los que fumaban en donde estaba prohibido; y los que pretendían entrar antes que aquellos a quienes les correspondía.

Claraval veía en todo esto, desorden, indisciplina social, placer de desobedecer, barbarie orgánica e irremediable.


Manuel Gálvez: HOMBRES EN SOLEDAD (1938)

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