CHARLES MATURIN Y MELMOTH EL ERRABUNDO

 La escuela gótica estaba extinguiéndose, pero antes de su desaparición nos dio una última y grandiosa figura en la persona de Charles Robert Maturin (1782-1824) un oscuro y excéntrico sacerdote irlandés quien, además de una novela gótica al estilo tradicional titulada The Family of Montorio (1807), escribió una obra imponente del género fantástico, Melmoth, el Errabundo (1820), en la que la fábula gótica alcanza el más puro espanto espiritual jamás concebido hasta entonces. 

Melmoth nos cuenta la historia de un caballero irlandés, que en el siglo XVII consigue del demonio una longevidad sobrehumana a cambio de su alma. Si Melmoth consigue persuadir a otra persona para que lleve su carga, entonces podrá salvarse.

Sin embargo, por mucho que acose a quienes atormenta con la desesperación, nunca consigue su propósito. 

La estructura de la novela es algo incómoda. Se hace casi interminable con sus episodios dentro de episodios y por la longitud desconsiderada de algunos de ellos. 

Pero la obra supera largamente esos defectos, ya que en ella se nota el pulso de una fuerza inexistente en las novelas anteriores del genero: una afinidad con la verdadera esencia de la naturaleza humana, una comprensión de las fuentes más profundas de auténtico terror cósmico y la clara y ardiente pasión por parte del autor, que hace de su novela un genuino documento de expresión estética. 

Nadie puede poner en duda de que con Melmoth se dio un paso enorme en la evolución de la novela de terror. Pues, en esta obra, el espanto huye del reino de lo convencional para elevarse como una nube amenazadora sobre el sino de la humanidad. 




Los estremecimientos provocados por Maturin -los de un hombre capaz de estremecerse a sí mismo- son convincentes. La señora Radcliffe y Matthew Lewis son fáciles de parodiar. En cambio, resulta difícil encontrar una nota falsa en la acción febril y en la atmósfera tensa del autor irlandés, cuyo acervo místico celta le suministra los elementos naturales para su tarea. 

Sin duda alguna, Maturin fue un hombre de genio, y así lo reconoció Balzac, quien colocó en un mismo nivel a Melmoth junto con el Don Juan de Molière, el Fausto de Goethe y el Manfredo de Byron como las supremas figuras alegóricas de la literatura europea. 

El mismo Balzac escribió un cuento ingenioso titulado "Melmoth reconciliado", en el que el Errante consigue cerrar su trato infernal con el cajero de un banco parisino, quien a su vez se libra de su carga, siguiendo luego una larga cadena de transacciones y de víctimas hasta que el último depositario del pacto muere condenado por toda la eternidad. 

Walter Scott, Rosetti, Thackeray y Baudelaire son otros titanes que admiraron a Maturin y no deja de ser significativo el hecho de que Oscar Wilde, después de su desgracia y destierro, eligiera para sus últimos días pasados en París llevar el nombre de "Sebastián Melmoth". 


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