LA RELIGIÓN Y LA MAGIA

 

La religión, que supone que el universo está regido por agentes conscientes a quienes puede persuadirse para que modifiquen sus propósitos, se halla en un antagonismo fundamental tanto con la magia como con la ciencia, porque ambas creen que el curso de la naturaleza no está determinado por las pasiones o caprichos de seres personales, sino por leyes inmutables que actúan mecánicamente.

Es cierto que en la magia esta creencia es implícita y en la ciencia es explícita. También es cierto que la magia trabaja frecuentemente con espíritus que son agentes personales como los de la religión, pero siempre lo hace en forma apropiada, como si fueran seres inanimados, lo cual los limita u obliga, a diferencia de la religión, que trata de conciliarlos o propiciarlos.

La magia cree así que todos los seres personales, humanos o divinos, están sometidos, en última instancia, a fuerzas impersonales que rigen todas las cosas, pero que pueden ser utilizadas por alguien que sepa conducirlas a través de ceremonias y hechizos.

Por ejemplo, en el antiguo Egipto, los magos proclamaban su poder de obligar incluso a los más altos dioses a obedecer a sus mandatos y realmente los amenazaban con destruirlos en caso de desobediencia.

Sin ir muy lejos, el mago aseguraba a veces que dispersaría los huesos de Osiris o revelaría su leyenda sagrada si el dios resistía sus designios.

Asimismo, en la India, bajo la misma gran trinidad de Brahma, Visnú y Shiva se halla sometida a los brujos que ejercen con sus hechizos un ascendiente tal sobre esas poderosas, que éstas se ven obligadas a realizar sumisamente, tanto en la tierra como en el cielo, lo que les ordenen o les plazca a sus amos, los hechiceros.

Un dicho difundido en la India es éste: "Todo el universo está sometido a los dioses, los dioses se someten a los hechizos (mantras), y los hechizos a los brahmanes. Por lo tanto, los brahmanes son nuestros dioses".

Este conflicto primordial de principios entre la magia y la religión explica suficientemente la implacable hostilidad con que el sacerdote ha perseguido al mago en el transcurso de la Historia.

La altiva autosuficiencia del mago, su arrogante conducta con los más altos poderes, y su descarada pretensión de ejercer un imperio similar al de ellos, no ha podido menos que sublevar al sacerdote, quien, con su temeroso sentido de la majestad divina y su humilde postración ante ella, debió clamar y denunciar esas pretensiones y esa conducta como una impiadosa y blasfema usurpación de las prerrogativas que sólo pertenecen a Dios.

Y a veces podemos sospechar que otras razones contribuyeron a agudizar esta hostilidad. El sacerdote ha profesado ser el intermediario idóneo, el verdadero intercesor entre Dios y los hombres, y lógicamente sus intereses y sus sentimientos se vieron afectados frecuentemente por un rival que preconizaba un camino más seguro y suave hacia la buenaventura que el abrupto y resbaladizo de la gracia divina.




No obstante, este antagonismo, que nos es familiar, hizo su aparición en una fecha relativamente tardía en la historia de la religión.

En los primeros tiempos, las funciones del sacerdote y del hechicero se mezclaban a menudo, o quizá, para hablar más exactamente, no se habían diferenciado unas de otras.

Para lograr sus propósitos, el hombre propiciaba la buena voluntad de los dioses recurría a ceremonias y hechizos porque esperaba recibir así el resultado esperado sin la ayuda de dios o el diablo.

En síntesis, practicaba simultáneamente ritos religiosos y mágicos, oraba y participaba en hechizos al mismo tiempo, ignorando en mayor o menor medida la inconsistencia teórica de su conducta, siempre y cuando lograra lo deseado de cualquier manera.

Hemos encontrado modernamente pruebas de esta fusión o confusión de magia y religión en las prácticas de los naturales de Melanesia y de otros pueblos.

La misma confusión de magia y religión se ha mantenido en pueblos que alcanzaron más altos niveles de cultura, y era común en la India y Egipto, pero esto no significa que haya desaparecido.


James G. Frazer: MAGIA Y RELIGIÓN




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