EL TRABAJO DEL VIDRIO

 

Parece ser que los griegos no trabajaron el vidrio, antes bien lo recibieron del Egipto, especialmente de Alejandría, y de Siria.

Los romanos establecieron explotaciones para la obtención del vidrio desde la época de Augusto en la Campania, y desde Tiberio en Roma.

Partiendo de allí se extendió esta técnica sobre todo el Imperio Romano, especialmente hasta el Rhin y por las Galias. Los talleres rheno-gálicos ocupan, desde la mitad del siglo II d. C., un lugar eminente al lado de los de Alejandría. Sobresale, especialmente, Colonia.

Los vidrios romanos estaban coloreados de verde, pero no poseían esas irisaciones que hoy muestran por haber estado enterrados durante largo tiempo, aunque los romanos habían conseguido ya obtener en el vidrio tonos tornasolados. 

Los vidrios soplados se adornan generalmente con filamentos sobrepuestos, cuando la pasta está todavía caliente, por medio de unas piezas, formándose con ello una decoración ondulada.

Las asas, formadas aparte, arrancan siempre de la parte baja de la panza, se elevan y se unen a la boca de la vasija. En muchos vasos la misma forma está tratada como un motivo ornamental formando pescados y animales marinos.

Existen también vidrios en forma de cubas y de cabezas, y, especialmente, de cabezas de negros.




También pueden incluirse aquí los vidrios con escenas completas de circo, creaciones procedentes del siglo II como la llamada "Copa de la Victoria" de Normandía.

A este mismo grupo pertenecen los vidrios sidonios en relieve, decorados con ramilletes y más caras, procedentes de los talleres fenicios de la primera época del Imperio. 

Varios vidrios romanos han sido extraídos de las tumbas.

Especial importancia tienen los vidrios de franjas y mosaicos. Se forman barritas de vidrio por fusión conjunta de muchas fibras vítreas de distintos colores. Éstas se cortan y las partes que resultan se aplican a la pared interior de un tubo. En éste se introduce, soplando, una burbuja de vidrio, y a causa del calor se pegan a esta burbuja las barritas polícromas puestas en la pared interior del tubo.

Después se funden con la ampolla y al seguir soplando en ella y al hacerla girar, resulta un vidrio cuyas paredes están formadas por muchos hilos retorcidos. Estos son los llamados vidrios Petinet o de filigrana. 

Al volver el vidrio resultan las paredes cruzadas, y entonces se forman los vidrios reticulados

De estas barritas de vidrio proceden también los mosaicos de vidrio, sólo que, para esto, los cortes se dan transversalmente y las piezas que resultan se aplican a una burbuja de vidrio caliente y se funden con ella.

Esto produce los vidrios llamados de mil flores. Estas secciones de las barras de vidrio coloreadas se cortan y pulen de distinta manera y se aplican también como objetos de adorno.

Los primeros mosaicos de vidrio proceden de Egipto. Con todas estas pequeñas piezas coloreadas o con largas barras de vidrio resultan junto a los vidrios "de mil flores", todas las demás clases de vidrio a manera de ágata, semejando nubes y rayados, formando juegos de colores finísimos, etc.

Finalmente, recubrían los romanos los vidrios con una segunda capa de vidrio fundido. La capa más baja era casi siempre de un color azul obscuro; la superior, de blanco lechoso. 

De esta superposición se obtiene, por el trabajo con una ruleta y con un estilete, representaciones con muchas figuras las cuales igualan en belleza a los camafeos. Con estas pastas se confeccionaron también entalles y camafeos.

La gran destreza que se alcanzó tanto en el grabado como en el pulimento fue aplicada en otros aspectos. 

A partir del siglo III los vidrios de un solo color se solían decorar con composiciones grabadas como, por ejemplo, vistas de ciudades, escenas mitológicas, figuras femeninas, etc.

Más tarde, en el siglo IV de la Era cristiana se confeccionaron los famosos vasos reticulados de Colonia, recipientes que se obtienen insuflando una burbuja de vidrio dentro de un primer vaso. 

La vasija exterior está pulimentada de tal modo que constituye una fina retícula en torno al vaso interior, que se encaja en el primero y que está íntimamente unido con él.

En algunas ocasiones el vaso exterior se insufla y pulimenta aisladamente y luego se une con el interior, más reducido, por medio de pequeños vástagos de cristal.


O. Lehnert: LAS ARTES INDUSTRIALES. ANTIGÜEDAD Y EDAD MEDIA




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