LAS CIUDADES MEDIEVALES

 

Los reinos bárbaros que suceden a Roma en el espacio europeo no son los continuadores de las tradiciones urbanas antiguas. 

Las ciudades cuando subsisten, han perdido población y poder; la nueva red urbana, más bien mediocre, no está calcada sobre la antigua.

Fuera del espacio romanizado, en las regiones donde se afincan sólidamente los pueblos germánicos, se crea una serie de nuevos centros (residencias reales, centros religiosos, plazas fuertes).

De este modo, al revés que el Imperio romano, donde la urbanización es grande aquende el limes e inexistente allende el mismo, la Alta Edad Media la uniformiza rebajando su nivel.

A la red empobrecida y limitada que se había heredado de Roma se añade ahora una serie de centros urbanos espaciados en los territorios renano y escandinavo, que se extiende progresivamente hacia el este acompañando así el fortalecimiento del poder carolingio.




La renovación urbana posterior al siglo X está ligada a la expansión de la Cristiandad. La ciudad de la Edad Media es primeramente ciudad episcopal, residencia del obispo o sede de un monasterio importante. 

Pero el final de las grandes invasiones, la relativa estabilidad política y el gran crecimiento demográfico favorecen la eclosión general urbana. La roturación sistemática en el oeste del espacio europeo hace nacer y crecer poblaciones importantes a partir de simples aldeas y burgos previos, como centros indispensables de intercambio.

En los sitios de la red o de las márgenes fluviales donde quedan huecos, los soberanos crean nuevas poblaciones: new towns británicas, bastides del sur de Francia, ciudades libres (francas) italianas, "poblaciones" de la Reconquista ibérica, villas nuevas de la colonización alemana en el este.

Progresivamente se organiza un entramado territorial cada vez más denso, que se extiende desde el Atlántico al Volga y desde el mar del Norte al Mediterráneo, y está marcado por una gran variabilidad de su densidad urbana, del poder de sus poblaciones importantes y de la complejidad de sus funciones.

Este tipo de red urbana abarca centros poco diferenciados, destinados a la organización del espacio productivo del entorno inmediato de la población, y permite el control administrativo y financiero constantemente ambicionado por el poder político. 




El éxito de esos centros urbanos reside en gran parte en los privilegios y derechos que el poder les concede: libertad individual, derecho de autonomía administrativa, etc.

Los soberanos, decididos a limitar a cualquier precio el poder feudal,  se apoyan sistemáticamente en las poblaciones importantes.

Las villas introducen un principio de división del espacio diferente al de la feudalidad que se adapta a marcos territoriales discontinuos.

A esa red se superpone otra, más completa y menos jerarquizada, cuyo motor es el gran comercio internacional. En el sur, Génova, Pisa y Venecia no solamente organizan la afluencia de los productos mediterráneos, sino que aseguran también, en contacto permanente con Constantinopla, la redistribución de los orientales.

En el norte del territorio europeo, la Liga Hanseática asocia hasta 80 ciudades del Mar del Norte y del Báltico y, gracias a los ríos navegables, penetra mucho en el continente y llega a animar, exclusivamente desde una óptica comercial, una zona geográfica muy dilatada.

Estos dos grandes conjuntos del comercio marítimo se comunican por numerosas vías continentales, y se convierten en ejes de prosperidad para los centros urbanos, gracias a los intercambios primero y a los negocios y la banca después: ferias de Champaña y de Flandes y ciudades del Rin y de la llanura del Po, encrucijadas de la Europa media. 


Charles-Olivier Carbonell: UNA HISTORIA EUROPEA DE EUROPA


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