ROMA Y LA TIERRA

 

La civilización romana se nos aparece hoy día, a través de la perspectiva de los siglos, como una civilización esencialmente urbana. Y, no obstante, no era así como los mismos romanos tenían la costumbre de considerarla. A lo largo de toda su historia, a despecho de la negativa que les presentaban los hechos, estaban orgullosos de sentirse "campesinos".

En el momento en que nace el Imperio, cuando Roma ha llegado a ser la ciudad más grande del mundo, mayor que Pérgamo, Antioquía e incluso Alejandría, Virgilio no puede concebir felicidad más grande sobre la tierra que la vida campestre.

Sin embargo, por atractivo que sea este elogio de la campiña, evocación de los "ocios en los vastos dominios entre la abundancia, las fuentes de agua viva, los frescos valles y el mugido de los bueyes, y la dulzura del sueño al pie de un árbol". 

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Los romanos, incluso en los tiempos de su grandeza, han experimentado la nostalgia del suelo nutricio, y las campiñas italianas han proporcionado a las legiones  sus mejores soldados y a la ciudad sus magistrados más enérgicos y clarividentes.

Incluso durante la primera guerra púnica, los jefes del ejército son aún campesinos que tienen la preocupación esencial de sus propiedades, y los historiadores se complacen evocando la gran figura del dictador Cincinato que, si hay que creer a la tradición, cultivaba su campo al pie del Janículo cuando vinieron a buscarlo para confiarle la carga del Estado.

Roma, en su origen, pasa por haber sido fundada por el pastor Rómulo, y la rudeza y simplicidad de la vida campesina quedan siempre como un ideal vigente en la conciencia romana. 




Se ha hablado de cómo este fondo rústico ha dejado su huella sobre la lengua misma. Muchas expresiones latinas tienen su origen en metáforas campesinas y su misma antigüedad prueba que muy pronto, la raza latina ha estado en posesión de las principales técnicas agrícolas.

Hay que decir lo mismo de todos los inmigrantes indoeuropeos que en la época prehistórica se sucedieron en la Europa occidental. Y las poblaciones mediterráneas que los arios encontraron sobre el suelo italiano vivían también de la agricultura.

Las llanuras costeras han sido siempre preciosas en la península, donde tantas montañas -y en tiempos antiguos tantos bosques- limitaban las posibilidades del cultivo.

Durante los primeros siglos de Roma, todo el país que rodea el Lacio estaba aún cubierto de espesuras impenetrables donde vivían fieras -especialmente lobos, cuyo recuerdo ha conservado la leyenda como animales sagrados- y en los calveros los pastores criaban sus rebaños de ovejas y cerdos.

Estos bosques permanecieron salvajes, y fueron asilo de cultos muy arcaicos, como el de los Hirpinos, en el monte Soracto, adoradores de un dios-lobo con el cual se identificaban en curiosas ceremonias mágicas.

Roma no dejó de conocer tales prácticas, pues hasta el fin del Imperio se celebró en torno del Palatino el rito de las Lupercales, ceremonia anual en la que tomaban parte jóvenes que corrían desnudos después de haber sacrificado un macho cabrío, cuya piel cortada en tiras les servía para azotar a las mujeres a las que se decía fecundaba con su contacto.

No lejos del lugar de Alba, en el bosque sagrado de Diana, dominando el lago Nemi, se perpetuó un culto de la diosa cuyo sacerdote, llamado el rey de la selva, ocupaba el cargo hasta que alguien, deseoso de ocupar su lugar, conseguía degollarlo. 

Por todos lados sobrevivían en la campiña testimonios del pasado en el que los hombres se habían esforzado en dominar las fuerzas de la naturaleza fecunda. Ningún pueblo tan sensible como el romano al poder que emana de la tierra, a la magia de las estaciones que son el ritmo de la vida.


Pierre Grimal: LA CIVILIZACIÓN ROMANA



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