LA ORGANIZACIÓN DE LA IGLESIA MEDIEVAL

 

Desde sus orígenes, la Iglesia ha imitado la organización del Imperio Romano. Su personaje esencial es el obispo, designado en principio por los fieles y que rige el territorio de una ciudad.

Las ciudades episcopales se reúnen en provincias eclesiásticas, según el esquema de la organización administrativa imperial. Al frente de la provincia, el obispo de la ciudad más importante, la metrópolis, adopta el título de obispo metropolitano.

A partir de la época carolingia se comienza a llamarle arzobispo. Algunos obispos disfrutan además de cierta preeminencia ligada a la calidad de su sede.

Roma y Constantinopla son las dos capitales del Imperio. La sede episcopal de la primera fue la de san Pedro, primero entre los Apósteles, a quien Cristo confió la misión de fundar su Iglesia.

En cuanto a Antioquía y Alejandría, son los grandes ciudades de mayor prestigio de Oriente. Jerusalén, por su parte, es la Ciudad Santa de la Pasión. Así pues, a merced de las circunstancias, en los primeros siglos del triunfo cristiano se organiza toda una geografía de precedencias religiosas. 

Sin embargo, ésta interfiere con los intereses y ambiciones de los hombres que ocupan esos cargos, y del único emperador que subsiste: el de Constantinopla. 

Poco a poco, esas cinco sedes son reconocidas superiores a las demás, y se las llama patriarcales. Desde el concilio de Calcedonia (451), el titular de Constantinopla, más importante que los demás patriarcas orientales, dirige la Iglesia de Oriente, lo que significa que garantiza su disciplina y la fidelidad al dogma, cuya definición sobrepasa sin embargo sus atribuciones y compete al concilio ecuménico.




No obstante, tiene que reconocer la preeminencia del papa, sucesor de San Pedro; precedencia que el patriarca intenta reducir constantemente a una simple dimensión moral y que los papas, en cambio, pretenden considerar disciplinar.

Por otro lado, en los Balcanes, búlgaros y serbios -rivales del Imperio Bizantino- presionan para que se reconozca la dignidad patriarcal a sus metropolitanos de Preslav (patriarcas entre el 927 y el 980), Ochrid (980-1078), Tirnovo (1235-1393) y Pec (1346-1459). 

Con todo, la atribulación de estos títulos, vinculada a la relación de fuerzas políticas, no pasa de ser temporal. El metropolita de Nóvgorod se declarará autocéfalo en el siglo XI, y el de Moscú, que hace lo propio en 1326, se convierte en patriarca en el siglo XVI. También el arzobispo de Venecia adopta el título de patriarca, meramente honorífico, en 1451.

En un inicio, el obispo es el jefe directo de una comunidad reducida, que guía y vigila como sugiere su nombre griego (epíscopos). Administra los sacramentos, por lo menos los que hay en la época en la que oficia, ya que el sistema de los siete canónicos no se establece  hasta el siglo XII. 

En los primeros siglos sólo existen el bautismo, la eucaristía, la penitencia y el sacerdocio. Rápidamente, el crecimiento de las comunidades obliga a esa primitiva Iglesia (en el sentido de comunidad de fieles) a buscar ayudantes para el obispo. Son los presbíteros -los "ancianos"-, cuyas funciones se irán reconociendo como sacerdotales paulatinamente. 

De forma paralela, la parroquia, que al principios constituía la jurisdicción del obispo, se transforma en la del presbítero o sacerdote, responsable de una iglesia.


Charles-Olivier Carbonell: UNA HISTORIA EUROPEA DE EUROPA

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