EL MERCADO MAYA

 

La estrella del Norte era la protectora de los viajeros. Bajo su guía y cargados de mercancías acudían de todas partes en fechas o épocas determinadas a los mercados locales.

Era costumbre que los caminantes quemasen copal mientras iban de viaje. Los mercaderes se detenían en las casas de descanso usadas para ese propósito. No permanecían más de una noche o un día para comerciar y mientras estaban allí pagaban por su comida y esparcimiento como parte de sus gastos de negocios.

Respecto a los comercios, los únicos detalles que han llegado hasta nosotros proceden del norte de Yucatán, en donde los mayas se habían concentrado en mayor número cuando la conquista española. 

A lo largo de la costa abundaban las poblaciones con mercado, entre otras Cachi, Chaunche y Ekab, que fueron los primeros centros mayas poblados vistos por el explorador español Grijalba cuando siguió la costa en 1518.

Juan Díaz, capellán de la flota, recordaba que Cachi tenía una gran plaza de mercado y contiguo a éste un edificio para albergar el tribunal donde se zanjaban las disputas. También contaba con un lugar para ejecutar a aquellos que engañaban en los negocios. Allí eran sumariamente enjuiciados y ejecutados.

De todos los mercados conocidos por los españoles, Chichén Itzá era el más grande. Esta ciudad, con sus pozos sagrados y sus imponentes edificios de origen maya-tolteca, era una meta de peregrinaciones y poseía un comercio extenso. Llegaban peregrinos de todas partes para negociar y adorar.

En un espacio, sentado en cuclillas bajo toldos de manta de algodón blanca, hombres y mujeres se dedicaban a vender los productos que creaban durante el tiempo que les sobraba después de cultivar el maíz.

Es probable que el aspecto general no haya diferido mucho de los mercados aztecas. 

Cada producto tenía su lugar. Había una sección donde sólo se vendía pescado, carne de venado y aves.

Los comerciantes en manta y algodón ocupaban un área determinada, lo mismo que quienes traficaban en plumas, armas y otros artículos.




Los señores que habían acumulado excedentes de maíz, frijol, caracoles, sal y algodón, como resultado de "dones" y tributos, los ofrecían en trueque a los mercaderes que llevaban cacao, oro, obsidiana, plumas o jade, cosas necesarias para ellos a fin de mantener su dignidad jerárquica o adornar sus personas.

Los mercaderes locales cambiaban sus excedentes por artículos procedentes de otras partes, principalmente esclavos y cacao. Hacían negocios en grande. Dichos artículos eran vendidos a su vez al hombre común, quien los revendía o los cambiaba bajo la sombra de los toldos de manta.

Es extraño que los mayas no usaran su escritura jeroglífica, altamente desarrollada, para escribir contratos.

"El cacao es el oro de este país y sirve como dinero en la plaza de Chichen Itzá", escribió el obispo Landa.

Los árboles de cacao crecen en la periferia del país maya, porque requiere de abundantes lluvias y del espeso limo de la selva. Es un árbol de tronco grueso, de poca altura, que produce cápsulas ovales. Éstas, cuando maduras, se pudren y las semillas se fermentan. Los granos de cacao son del tamaño y forma de una almendra y cuando se secan al sol se ponen oscuros, del color del chocolate, y la cáscara se seca apergaminándose. Éstos son los granos que se empleaban como dinero.

Un conejo valía 10 granos de cacao, una calabaza 4, un esclavo 100 (la cantidad de cacao necesaria para preparar unas 25 tazas de chocolate).

Las mujeres públicas mayas, que siempre rondaban por los mercados, entregaban sus cuerpos por un por un valor entre 8 y 10 granos de cacao.

El dinero grano de cacao también se falsificaba. 


                              Victor W. von Hagen: EL MUNDO DE LOS MAYAS



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