EL CONFLICTO ENTRE GIBELINOS Y GÜELFOS
El conflicto entre la visión GIBELINA y la del GÜELFISMO existió en germen ya con el surgimiento del cristianismo a través del contraste entre dos concepciones generales, de las cuales en aquel tiempo era bien visible la irreconciliabilidad.
La una era la concepción dualista caracterizada por la fórmula "Dad al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios", y de este modo por una separación entre instituciones humanas y orden sobrenatural.
La segunda -la romana, y puede decirse que también tradicional- era una concepción jerárquica que consideraba en los jefes de los hombres a los representantes de un poder de lo alto, puesto que "toda potestad viene de Dios", con la consecuencia de reconocer un valor también espiritual y religioso a toda actitud de lealtad y a toda disciplina política.
También aquí la historiografía común ha distorsionado la verdad al tratar acerca de las "persecuciones" en contra del cristianismo. Lo que los exponentes de la antigua tradición romana, por ejemplo Celso y Julián emperador, echan en cara a los cristianos era una doctrina anárquica: con la excusa de querer rendir homenaje sólo al Dios supremo, ellos rechazaban rendírselo también en la persona de quienes, como jefes legítimos de los hombres, eran sus representantes y recababan de él el principio de su potestad.
Ello equivalía, para Celso, a una auténtica impiedad. El punto de partida era por lo tanto una metafísica y una teología del IMPERIUM de carácter no dualista, para nada una "ideología pagana" a la cual se contrapusiese la "verdadera fe", como pretende la mencionada historiografía.
La tensión originaria entre las dos actitudes se atenuó sucesivamente, pero en un primer momento también en el Imperio cristianizado, aunque no el sentido del güelfismo. En efecto en los primeros siglos de tal era, como también en el Imperio bizantino, el clero estuvo sujeto al Emperador, no sólo en el dominio temporal y administrativo, sino también en el teologal, puesto que al Emperador mismo le eran muchas veces sometidas, para su decisión última y sanción, las fórmulas de los concilios.
Fue únicamente en el Medioevo europeo que el sacerdote alimentó la ambición, no de ser rey, sino de ser aquel bajo cuyo sujeción tienen que estar los reyes.
Es entonces que como reacción surgió el gibelinismo propiamente dicho y que se reencendió el antagonismo, actuando ahora como punto de referencia la autoridad y el derecho reivindicados por el Sacro Romano Imperio.
Julius Evola: LOS HOMBRES Y LAS RUINAS

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