EL PRISCILIANISMO, LOS AGOTES, LOS MARAGATOS Y LOS TEMPLARIOS
Después de su martirio -severamente condenado por san Martín de Tours-, las doctrinas de Prisciliano comenzaron a propagarse secretamente, muchas veces dentro de la misma jerarquía eclesiástica, hasta el punto de que varios obispos fieles al priscilianismo llegaron a provocar un auténtico cisma dentro de la Iglesia.
Entre ellos se encontraba Paterno, obispo de Braga, Sinfosio, que llegó a serlo de Orense, y otros dos que fueron entre todos los más famosos: Simposio y Dictinio, padre e hijo, obispos ambos de la Astorga maragata.
Simposio era ya obispo de Astorga cuando Prisciliano comenzaba a predicar sus doctrinas. Dice Villada, en su Historia Eclesiástica, que fue uno de sus amigos más íntimos y que le defendió de las acusaciones que se le hacían en el concilio de Zaragoza.
Dictinio, por su parte, fue seguramente el mejor teórico de la doctrina herética. Sus Libra, en 12 títulos, merecieron el honor de ser refutados por san Agustín en el opúsculo Contra mendatium.
Pero, sobre todo, es muy significativo que su fama estuviera respaldada por el fervor popular. En su tiempo -como en el del obispado de su padre- toda la Maragatería astorgana era priscilianista y fue el pueblo mismo el que hizo que Simposio le consagrara obispo.
Posteriormente fue citado al primer concilio de Toledo y se le obligó a arrepentirse, con todos los demás obispos rebeldes, de sus ideas heterodoxas.
Dictinio, sin embargo, no perdió su sede, mandó edificar un monasterio en Astorga e, insólitamente, fue reconocido como santo a su muerte. Su fiesta se celebra aún hoy, el día 2 de junio.
Pero el sentimiento heterodoxo -yo diría mejor pagano- no se había perdido en tierra maragata. A lo largo del tiempo fueron surgiendo nuevos brotes, tanto generales como particulares.
En el año 445 se extendió por allí una racha de maniqueísmo, que tuvo que ser cortada enviando prisioneros a unos cuantos de sus dirigentes ante Antoniano, obispo de Mérida. Es de suponer que las autoridades eclesiásticas dudaran de su condena si se les procesaba en su tierra.
Incluso la arqueología ha dejado restos de estos movimientos religiosos al margen de la autoridad de la Iglesia. En plena tierra maragata, en Quintanilla de Somoza, fue encontrada una lápida con una inscripción gnóstica significativa: "Uno (sólo son) Júpiter, Serapis (y) Yao".
Coletazos de paganismo y de heterodoxia se registran incluso en el siglo X. En el Túmulo Viejo correspondiente al monasterio de San Pedro de Montes se registra una donación importante hecha por cierto conde Citi en 930, por el remedio de su alma y por la de su hijo "que murió pagano".
Creo que en esta sucesión de hechos hay un motivo ya muy digno de ser tenido en cuenta a la hora de calibrar parte al menos de las razones que movieron a los templarios a instalarse en las comarcas del Bierzo y la Maragatería.
Por encima de su confesionalidad, los que se llamaron a sí mismos caballeros de Cristo procuraron siempre la proximidad de otras creencias, de las que iban entresacando un especial modo de contemplar el mundo y de calibrar su auténtica trascendencia.
Así como vemos su interés por instalar casas de la orden en la inmediación de las aljamas judías, podríamos comprobar igualmente la presencia del Temple en las proximidades de zonas donde se detecta la presencia de pueblos marginados y de focos seculares de herejías, de reminiscencias paganas y de heterodoxias.
Los templarios tuvieron conventos en tierras navarras de agostes: en Eunate y en Vera de Bidasoa. Y en lo que concierne a sus posesiones extremeñas, recordemos el castillo de Aracena y el de Fregenal, situados con un claro sentido de vigilancia esotérica de una zona mágica en cuyo ámbito no sólo se daba la presencia de un pueblo marginado -los brañeros-, sino que se produjeron a lo largo de la historia lo mismo que en la Maragatería leonesa, brotes de herejía que todavía no han sido bien catalogados con respecto a sus posibles causas ancestrales.
Me refiero a hechos como el de los alumbrados de Llerena y a Arias Montano. Ni el gran heterodoxo bibliotecario de Felipe II ni los herejes del iluminismo extremeño son meras anécdotas de la historia religiosa peninsular.
Responden a una búsqueda secular de la Verdad, que nada tiene que ver con las verdades parciales permitidas y toleradas por los dogmas llamados ortodoxos e impuestas muchas veces por la fuerza del hierro y del fuego.
Esa Verdad con mayúscula buscaba la orden del Temple, era la misma Verdad que, por muchos otros caminos -todos convergentes- buscaron ocultamente otros hombres a los que hoy llamamos, sin establecer su relación íntima, santos u ocultistas. De una cosa y de la otra tuvieron, sin embargo, los eremitas del Bierzo.
Juan G. Atienza: LA META SECRETA DE LOS TEMPLARIOS

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