LAS CRUZADAS Y LOS TEMPLARIOS

 

En dos siglos Occidente envía a Tierra Santa 8 cruzadas, lo que arroja un promedio de una cada 25 años.

Cada una de estas expediciones militares permanecía en Palestina dos o tres años y luego regresaba. La mayoría de los caballeros se limitaba a cumplir su voto y volvía a su tierra.

Desde el punto de vista militar, el ejército del Reino Latino era algo así como un ejército de voluntarios libres de abandonar el servicio cuando desearan. Sus fluctuaciones numéricas por lo tanto debían ser considerables.

Era indispensable pues una fuerza permanente, estable, que asegurara la coherencia espacial y temporal de las armas cristianas, para poder trazar planes estratégicos de cierta envergadura.

Es de imaginar que el enemigo estaba permanentemente atento a los cambios que pudieran producirse en el campo occidental y a aprovecharlos en su propio beneficio.

Es fuerza debía ser de índole moral, capaz de representar debidamente los ideales fundamentales de la Cristiandad. Porque la historia de Tierra Santa no es una historia santa. El Reino de Jerusalén, los Principados de Antioquía, Trípoli y Edesa son estados humanos y terrenos, no celestiales.




Estado que en nada se diferencian de los demás estados, donde juegan un importante papel las ambiciones personales o familiares, las intrigas, las traiciones; donde hay príncipes derrocados, sublevaciones, intereses en pugna y hasta conductas miserables.

Bohemundo de Tarento toma la cruz y ocupa Antioquía. Funda allí el Principado de Antioquía y para él la Cruzada está terminada porque necesita apoyarse en la Cristiandad para consolidar políticamente el Imperio Germánico.

Los Caballeros Teutónicos serán siempre una avanzada germánica, como lo demuestra su partición posterior en la fundación de Prusia (cuando la pierdan en 1618 se convertirán en una empresa proveedora de mercenarios establecida en Franconia).

La princesa Sibila, hermana del Rey Leproso, conspira abiertamente para trasladar la corona a la cabeza de su consorte Guido de Lusignan, que es coronado entre gallos y medianoche y a espaldas de los nobles del reino.

Reinaldo de Chatillon utiliza el castillo de Krak para sus operaciones de bandolerismo contra pacíficas caravanas de comercio y contra los peregrinos que van a la Meca, cuyo tránsito está garantizado por acuerdos honorables.

Desde luego que también hay innumerables actitudes nobles y que también entre los templarios se cometen errores. Pero la defección o el extravío del maestre Gerardo de Ridefort es una excepción a ese nivel.




La fuerza que se necesita en Tierra Santa debe pues ser en primer lugar permanente y, en segundo lugar, representativa de los ideales cristianos y, además, cumplir otra condición.

Debe contar con recursos económicos, porque ninguna actividad es más cara que la guerra. Werner Sombart define al soldado como un productor negativo. Cuando el soldado trabaja, produce destrucción de bienes o de mano de obra.

Si bien las zonas conquistadas por los cruzados en Tierra Santa rendían beneficios económicos, éstos de ninguna manera alcanzaban para solventar el alto costo de un estado de guerra permamente.

Sólo las órdenes militares y esencialmente la del Temple estaban en condiciones de cumplir con ese conjunto de condiciones.


Alejandro Vignati: EL ENIGMA DE LOS TEMPLARIOS


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