EL PAYTITI, EL DORADO Y LAS AMAZONAS AMERICANAS

 

El Paytiti, estrechamente vinculado con los de El Dorado y de las amazonas americanas, descansaba en bases reales.

Los incas transmitieron a los españoles el recuerdo, embellecido por el tiempo, que habían conservado de un terreno situado al este de los Andes.

Probablemente ignoraran que sus antepasados vikingos tenían en él vías de comunicaciones de vital importancia, pues Manko Kápak y sus sucesores habían cuidadosamente falseado la historia del imperio, para hacer olvidar a las poblaciones indígenas la victoria diaguita de la isla del Sol.

Sin embargo, los soberanos debían de trasmitirse como secreto de Estado informaciones precisas acerca de las tierras perdidas, puesto que el emperador Yupanki, decidido a completar la reconquista, embarcó con sus tropas en el Marañón.

Pero el pueblo y los mismos incas -vale decir la aristocracia blanca- habían convertido las provincias orientales en un imperio mítico en el cual se confundían el vago reflejo de acontecimientos históricos, leyendas nacidas de la imaginación infantil de los indígenas y hasta el espejismo producido por su antigua capital, la ciudad de los palacios de oro, en medio de un gran lago. El Dorado.

El imperio del Paytiti jamás había existido, por cierto, y el Padre-Dios no era sino el soberano de Tiahuanacu, ya divinizado por los guaraníes.




Lo que había, al pie de los Andes, era la llanura inmensa, hecha de selvas y de sabanas y surcada por ríos navegables, que se extendía hasta el océano.

Los vikingos no podían olvidar el mar. Claro que tenían el Pacífico al alcance de la mano, y lo aprovechaban. Pero el Pacífico no llevaba a ninguna parte.

Su océano era el Atlántico que bañaba las costas de la patria lejana. Podían alcanzarlo pasando el Cabo de Hornos o atravesando el Estrecho de Magallanes, y el mapa de Waldseemüller prueba que lo habían hecho. 

Pero el viaje era largo y peligroso. Su lógica de marinos les imponía establecer puertos fijos en el Atlántico, a la altura de sus posesiones de la Montaña y, para hacerlo, asegurarse el control de vías de comunicaciones a través de la Llanura. ¿No hacían lo mismo en Rusia sus primos suecos?

La Montaña y la Llanura: Berg y Matt.

El imperio mítico del Gran Paytiti no parece, sin embargo, haber abarcado la Llanura toda, sino solamente su zona norte.

Las poblaciones incaicas no podían, en efecto, desconocer la existencia del territorio que se extiende de Santa Cruz al Guayrá, pues los charcas, que formaban parte de ellos, sufrían los asaltos periódicos de las tribus guaraníes de la sabana.

En el Norte, por el contrario, la selva virgen constituía una frontera natural casi infranqueable que favorecía el trabajo de la imaginación. 

Por los guaraníes, verosímilmente, los incas, como más tarde Irala, habían oído hablar de las amazonas, que se hallaban efectivamente en la Llanura, y del Gran Paytiti que situaban en la región de los musus (o de los mosos, ya que la u y la o no son en quichua sino una misma vocal), en las tierras húmedas y anegables del Amazonas.


Jacques de Mahieu: DRAKKARES EN EL AMAZONAS

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