LOS GODOS. DENOMINACIÓN Y SABIDURÍA

 

Los historiadores de la cultura y del arte coinciden en proclamar que la caída del Imperio Romano y la consiguiente hegemonía de los visigodos en los antiguos territorios latinizados significó, por un lado, un notable retroceso de la vida intelectual y de las formas artísticas y, por otro, unos intentos inútiles de imitar aquella grandeza que los bárbaros venían a sustituir.

Estamos tan acostumbrados ya a leer estas opiniones generalizadas que las hemos convertido en verdades axiomáticas y desde los tiempos escolares las hemos aceptado como hechos reconocidos que no parecen admitir discusión.

Sin embargo, sí la admiten. Y no sólo la admiten, sino que un análisis de los mismos acontecimientos y de los escritos de aquellos tiempos que han llegado hasta nosotros pueden muy bien hacernos ver que la historia no se compone únicamente de apariencias externas.




Uno de los grandes errores a lo largo de la historia ha sido la tergiversación de los significados de las palabras. Se nos dice, por ejemplo, que los romanos llamaban barbari a los godos, y nosotros asimilamos inconscientemente esa palabra con actos de salvajismo, depredaciones, saqueos, destrucción.

Sin embargo, esa palabra latina no tiene nada que ver con todo eso. Barbari, para los romanos, eran todos los extranjeros que no formaban parte del Imperio o que no se habían asimilado a la romanización. 

No importaba su grado de cultura real, ni sus hábitos, ni su saber, ni sus tradiciones. Importaba sólo el hecho de no estar integrados en el engranaje político romano.

En el caso del pueblo visigodo, este apelativo se aplicaba a un grupo étnico que, si no había alcanzado los grados de manifestación externa de eso que llamamos civilización, era por su vida errática desde unos orígenes oscuros que los historiadores no han logrado todavía fijar con precisión. 

Pero su mismo nombre, godos, viene a darnos ya una idea al menos del concepto que tenían de sí mismos o del concepto en que les tenían los pueblos con quienes convivieron a lo largo de su emigración secular por tierras europeas y asiáticas. Porque todavía en nuestros días las lenguas germánicas llaman a Dios con la misma raíz que designa a los godos: los alemanes lo llaman Gott y los ingleses, god.



Los godos, pues, eran llamados dioses, y a veces se llamaban a sí mismos gutans, hijos de Wotan, su divinidad superior, el gran herrero del Walhalla.

Pero hay todavía otra equivocación con respecto a este pueblo. Estamos acostumbrados a oír y leer que los nombres con que se designó a visigodos y ostrogodos se debían a su ubicación territorial: visigodos (Westgoten) serían los godos del oeste, mientras que los ostrogodos corresponderían a las ramas que se quedaron más al este (Ostgoten).

Ferdinand Lot apunta una etimología más que digna de tenerse en cuenta: visigodos serían los Weisegoten (los godos sabios) y los ostrogodos, los Austrgoten (los godos brillantes). 

Godos sabios: dioses sabios. Sería demasiado fácil atribuir esta denominación -o autodenominación- a un sentimiento gratuito de superioridad. 

En cuanto al adjetivo Weise (sabios), tal vez no sea tan absurdo como pareciera a primera vista. Si revisamos la mitología goda a través de su cronista Jordanes, encontraremos que "no les faltaron maestros que les instruyeran en la sabiduría" y que entre ellos destacó un tal Dicinio, que reunía en su persona el sacerdocio, el consejo, el magisterio y el conocimiento de la astronomía y de la música. 

Seguramente, este Dicinio personificaba a toda una generación de maestros, paralela a la de los druidas célticos, pero sus enseñanzas perduraron a lo largo del tiempo.

Bastaría ver los textos de san Isidoro de Sevilla (hispanorromano pero integrado a la nueva civilización visigoda dominante durante el siglo VII) para comprobar cómo la educación era una parte esencial en la vida visigoda.

Una educación que, por ora parte, contenía formas y métodos que la hacían paralela en muchos aspectos a la formación iniciática, desde la que impartieron los mismos druidas hasta la de los maestros del hermetismo.




Así especifica el escritor sevillano que la memoria -el ejercicio de la mente- era desarrollada de modo preferente, que se daba importancia primordial al estudio de la música y a la educación de la voz, que se domaba la voluntad por medio de ejercicios físicos especiales y, en fin, que el aprendizaje de las artes del mar ocupaba un lugar importante, aun tratándose de un pueblo que, como el de los visigodos, tuvo una singladura eminentemente terrestre.


Juan G. Atienza: LA META SECRETA DE LOS TEMPLARIOS

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