LA CAÍDA PLANIFICADA DE UN ESCRITOR

 

A ver, Rivarola, me digo. Animáte a escribir que te asombrás, que esta pálida no te la esperabas. Hacéte el inocente, me digo. Culpá a todos, date máquina, verduguate, atrevéte a escribir que no eras consciente de que te ibas a quedar solo.

En el fondo, si se lo estudia bien, lo deseabas. El vaticinio de la soledad y el desprecio está presente en tus libros, y todo aconteció tal como lo anticipaste.

¿Cuántas veces, mientras estabas en la ilusoria altura que jamás te tomaste en serio, pensaste en el estruendo de tu caída? Yo, que te inventé como personaje, te conozco, creo, como nadie.

Así que sabías que ibas a terminar de esta forma, e hiciste todo lo posible para conseguirlo, pacientemente fuiste elaborando tu derrumbe. El tuyo es el colmo de la omnipotencia y la egolatría, edificaste un personaje nada más que para darte el placer de destruirlo, o para encarar, ahora, el titánico desafío de volver a levantarlo, para imponerlo con mayor fuerza y como si nada más se tratara de un juego, de una apuesta total.




Ahora, mi viejo, hay que bancarse la lona, la decorosa temporada en el infierno, la parálisis, el desprecio y la sospecha del semejante, la desconfianza. Otra vuelta de tuerca, Rivarola, para que cierre tu proyecto pretendés convencer a los que te enfrentan (ignoran, subestiman, peyorativizan) que también sus comportamientos forman parte de las intenciones de tu obra, que tus enemigos cumplen exactamente el rol que les asignaste en tus deseos.

¡Grande, Rivarola!, pero no se puede jugar con tanto fuego. ¿Y por qué no?, me digo, y de últimas me la banco, quedo reducido a un triste tango pero con la incapacidad para ponerle la mejor letra.

Que me gocen entonces, que supongan que soy un caso terminal, que estoy muerto. Pero guarda que este pozo es transitorio, y cuando recupere un poco de poder, probablemente voy a poner en práctica las graves enseñanzas que me deparó la caída.

Sin embargo, la obra debe ser completa, tengo que saber abrocharla con altura y hasta ponerle un moño rojo a la carpeta. Considero que mi recuperación tiene que mantener la dignidad, la grandeza, la estatura de mi decadencia.

La mejor factura que puedo pasar será la de mi calculada generosidad.


Jorge Asís: CUADERNO DEL ACOSTADO

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