CONOCIMIENTOS OLVIDADOS A LO LARGO DE LA HISTORIA (4ª parte)
Los antiguos sumerios poseían un sorprendente conocimiento de las estrellas y de los planetas. En algunos casos, un conocimiento tan evolucionado que sólo pudo haberse producido después de muchos siglos de una minuciosa observación de los cielos.
A menudo se da la circunstancia de que unos imprevistos conocimientos se mezclan con fabulosos hechos de dioses, semidioses y gigantes.
Por ejemplo, una leyenda amerindia atribuye el fin del Segundo Mundo a la actuación de los dos mellizos guardianes de eje del Norte y del eje del Sur respectivamente, quienes abandonaron su puesto de guardia.
Los dos mellizos, Poqanghoya y Palongawhoya (el primero, guardián del eje Norte y el segundo, del eje Sur) recibieron la orden de Sotuknang, sobrino del Creador, de abandonar sus puestos, a fin de que el Segundo Mundo (cuyo pueblo había caído en la maldad) fuera destruido y se estableciera un Tercer Mundo.
Cuando los dos guardianes hubieron abandonado sus puestos, la Tierra perdió su rumbo en el espacio, y la forma del planeta cambió, antes de que quedara establecido un nuevo eje y un nuevo mundo.
La leyenda de los guardianes de los ejes es impresionante y demostrativa de imaginación, pero ¿por medio de que antiguas fuentes de conocimientos astronómicos sabía una lejana tribu amerindia que la tierra giraba sobre su eje?
Cierto número de estrellas que no pueden ser vistas sin un telescopio recibieron los mismos nombres en diferentes lenguas del viejo y del nuevo mundo.
Este es el caso del grupo de estrellas llamado Escorpión, en el que se contiene un cometa, que evocó en la mente de los babilonios y de los mayas de la América Central la imagen de un escorpión y así fue llamada en ambas lenguas.
Los astrónomos griegos adoptaron la observación de los babilonios en el sentido de que Urano cubre regularmente sus lunas, hecho que no puede observarse a simple vista, y lo transformaron en la leyenda según la cual el dios Urano tiene la costumbre de devorar y luego vomitar a sus hijos.
Charles Berlitz: LA ATLÁNTIDA, EL OCTAVO CONTINENTE

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