EL CULTO A DIONISIO (2ª parte)

 Primera parte: 

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Este mito nos ha sido transmitido únicamente por algunos autores cristianos, pero era conocido por dos iniciados en los Misterios (Plutarco y Apuleyo) y también por la cofradía órfica del Egipto helenístico. 

A juzgar por los monumentos, la ostentación del falo formaba parte, al parecer, "de aquellos ritos terroríficos que preceden al momento de acceder a la presencia del dios".

Boyancé estima que aquello que podía engendrar en el mystes (acólito, partícipe de los cultos mistéricos) la fe, la certeza de un apoyo divino, capaz de asegurarle en el más allá una suerte privilegiada, no pudo ser la vista de un objeto como aquel.

El acto central de la iniciación era la presencia divina hecha sensible por la música y la danza, experiencia que genera la creencia en un vínculo íntimo con el dios.

Observaciones justificadas pero que no nos ayudan a avanzar en nuestro conocimiento del rito iniciático.

En todo caso, conviene precisar que la ostentación del falo constituía un acto religioso, ya que se trataba del órgano generador de Dionisio, a la vez dios y mortal que había vencido a la muerte.

No tenemos más que recordar la sacralidad del lingham de Shiva para caer en la cuenta de que, en determinados contextos cultuales y religiosos, el órgano generador de un dios simboliza no sólo el misterio de su creatividad, sino que además lo hace presente.

En el mundo occidental moderno, tal experiencia religiosa resulta con seguridad inaccesible. En efecto, a diferencia de los Misterios, el cristianismo ha ignorado el valor sacramental de la sexualidad.

La misma observación podríamos hacer a propósito de los banquetes rituales dionisíacos, cuando los iniciados, coronados de flores, se abandonaban a una gozosa embriaguez, que era considerada como una forma de posesión divina.

Nos resulta difícil captar la sacralidad de tales regocijos. Pero lo cierto es que anticipaban la bienaventuranza de ultratumba prometida a los iniciados en los Misterios de Dionisio.



Algunos textos tardíos, en los que se refleja la escatología órfica, insisten en el papel de Dionisio como rey de los tiempos nuevos. Aún siendo niño, Zeus le hizo reinar sobre todos los dioses del universo.

La epifanía del niño divino anuncia la nueva juventud del universo, la palingenesia cósmica. El niño como signo de renacimiento y de renovación se sitúa en la línea del simbolismo religioso del falo. 

El concepto de palingenesia y la idea de que un dios nuevo es un dios que reaparece periódicamente no eran tan sólo conceptos cuyas afinidades resultaban evidentes con el que implicaba la alternancia de las epifanías y los ocultamientos de un dios que se manifestaba en sus parusías, anuales o bianuales.

En el plano de la duración cósmica, este concepto puede ser fácilmente transpuesto bajo la forma de un ciclo de retorno a escala igualmente cósmica.

Las esperanzas vinculadas al triunfo de Dionisio, referidas por tanto a una regeneración periódica del mundo, implican la creencia en el retorno inminente de la Edad de Oro.

Ello explica la popularidad del título "nuevo Dionisio" que se atribuyó a diversos personajes (o que ellos mismos se atribuyeron) en torno a los comienzos de nuestra era.


   Mircea Eliade: HISTORIA DE LAS CREENCIAS Y LAS IDEAS RELIGIOSAS

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